LG

Paperblog

AA1

Loading

BVH Libros

vg

Buscador del Blog

Click Here!

El Corte Ingles

Google+ Followers

martes, 27 de marzo de 2018

SUDOR FRÍO Harlan Ellison




Cualquiera que haya escuchado los programas nocturnos de la radio sabe que atraen algunas llamadas telefónicas muy extrañas. Ésa, por descontado, es la materia prima de la fantasía: la noche y lo extraño. ¿Y si uno de esos comunicantes fuera no sólo algo raro sino también… aterrador?
Harlan Ellison, un maestro del relato fantástico, nos cuenta cómo llegó a escribirse esta historia.
Estas observaciones han sido motivadas por la preocupación que sentía el editor ante la posibilidad de que los lectores notaran que la fecha original de los derechos para esta historia era de 1977 y se preguntaran cómo podía estar incluida en una antología con lo mejor del año 1979. Es fácil explicarlo. No es algo corriente, pero es fácil explicarlo. Vean:
En diciembre de 1977 la presentadora de un programa radiofónico de Los Ángeles llamada Carole Hemingway se puso en contacto conmigo. Ya había estado en su programa varias veces y al parecer había logrado ser lo bastante estrambótico como para que su amplio público pidiera mi vuelta en otras ocasiones. Algunos de sus oyentes comentaron que había escrito relatos en escaparates de librerías y mencionaron que yo había llegado a escribir un relato estando en la radio, en una emisora de Los Ángeles conectada a la red del Pacífico. Ella se quedó bastante intrigada y me preguntó si podía repetir eso en su programa.
Pero dado el enorme número de interrupciones comerciales que había en su programa, yo tenía muy claro que aun durando éste dos horas no podría escribir nada coherente si al mismo tiempo tenía que estar manteniendo una conversación. Así pues, buscamos otro modus operandi. Ella iría anunciando mi próxima aparición durante unos cuantos días y tan pronto como le fuera posible durante la mañana del día en que debía aparecer como invitado en su programa me llamaría para darme el tema específico sobre el cual deseaba que yo escribiera. Yo utilizaría esa situación, ese elemento argumental o ese lo-que-fuera y escribiría el relato en su totalidad durante ese día, teniéndolo preparado para leerlo cuando saliéramos al aire a las ocho de la noche.
Bueno, jamás se debería confiar para este tipo de cosas en gente que no se dedica a escribir. No me llamó hasta la una de la tarde y cuando lo hizo, su idea de un argumento original que usar para darle ímpetu al relato era ésta: «Escriba una historia sobre la presentadora de un programa y que ella sea un fantasma». Creo que lancé un gemido. No sólo resultaba increíblemente trivial y poco modesto por su parte, sino que además habían pasado tantos años desde mi época de entrevistador en la radio que no estaba muy seguro de poder escribirlo con algún grado de verosimilitud. Pero acepté el desafío, me senté y empecé a trazar el argumento. En pocos minutos tenía la idea básica y empecé a mecanografiar el relato.
Mientras estaba escribiendo tan aprisa como podía (hago unas ciento veinte palabras por minuto en una Olimpia de oficina manual, con sólo dos dedos), descubrí que necesitaba algunos datos que no tenía a mano en mi biblioteca. Así pues, llamé a su enlace en la emisora, Fred Harris, y le pedí que me describiera físicamente el estudio del programa, cuántas líneas telefónicas tenían y de qué clase eran (se trata de un programa en el cual la gente llama a la emisora) y cuántos anuncios daban por minuto; y un montón de cosas más de ese tipo.
Durante ese período la historia que tenía encantados a los medios de comunicación, si es que lo recuerdan, era el misterio del Estrangulador de Hillside. Decidí usarla como uno de los elementos básicos de mi relato, y estuve escribiéndolo con la emisora de mi anfitriona sonando a todo volumen para así ir consiguiendo la cadencia entre conversación y anuncios gracias a la cual la historia resultaría realista cuando fuera leída.
Estuve escribiendo durante todo el día y a las siete y media de la noche ya tenía cuatro mil quinientas palabras, habiendo logrado quedar totalmente exhausto en el proceso. Luego tuve que ducharme, vestirme (había estado trabajando todo el día en albornoz), meterme en el coche y conducir hasta la emisora a través de Los Ángeles. El espectáculo se emitía por la afiliada a la ABC de Los Ángeles, la KABC, a las ocho. Por fortuna, lo mejor de la hora está reservado a un comentario de noticias que dura cinco minutos y que es proporcionado por la ABC desde Nueva York. Ése era todo el tiempo que me hacía falta. Dentro del coche, yendo a más de ciento veinte por la autopista de Santa Mónica, oí a Carole Hemingway hablando por la radio y diciendo; «Harlan Ellison todavía no está aquí pero quienes nos escuchan ya saben que es una persona bastante especial, y estoy segura de que en cualquier momento entrará corriendo en el estudio».
Y eso es lo que ocurrió. Entré a toda velocidad en la KABC-AM a las ocho y dieciséis minutos y dejé aterrorizados a muchos miles de radioyentes con la historia que ahora van a leer.
Así que la explicación de por qué un relato escrito y emitido el 21 de diciembre de 1977 aparece en una colección con los mejores relatos fantásticos de 1979 es, sencillamente, que para proteger la historia de cara a su primera difusión tuvo que ser registrada en ese momento. Pero cuando la vendí para su publicación en la revista Heavy Metal no fue impresa hasta marzo de 1979, aunque llevaba la fecha de registro de 1977.
Lo cual debería servir para calmar a Terry Carr y sacarle de apuros. Por otra parte, puede que sencillamente esté mintiendo, habiendo inventado todas estas locuras en un rapto momentáneo de inspiración; en cuyo caso mi amigo Terry seguirá siendo sospechoso. Ah, qué difícil es la vida… Pero, claro, tal y como me encanta decir, si la vida fuera fácil, todo el mundo sería capaz de vivirla.
HARLAN ELLISON

Los Ángeles, 4 de enero de 1980.



Su primer invitado de la noche estaba sentado ante ella, al otro lado de la mesa, en el interior del minúsculo estudio, mirándola con unos indescifrables ojos verdes que relucían en los agujeros de la máscara. No le cabía ninguna duda de que estaba tan loco como mil rebaños de cabras, pero, sin duda, era una de las mejores entrevistas que jamás había tenido en el programa. Lo supo porque tenía las manos empapadas de sudor, y allí donde terminaba la brillante línea de Última II su labio superior estaba cubierto de transpiración.
Cuando se hallaba en el teatro, en esos años anteriores al descubrimiento de que un programa de radio como presentadora era un trabajo más fácil y estable, había comprendido cuál era el significado del sudor. En el mundo del espectáculo lo llamaban «sudor frío», la manifestación física del nerviosismo justo antes de subir al escenario. Y durante sus siete años en la KDID el ataque de sudor le había mojado las palmas de las manos y el labio superior cada vez que había tenido ante ella un programa que era pura dinamita. Era un barómetro perfectamente seguro de que algo estaba pasando, de que tenía un acontecimiento en el programa.
Pero calificar de «acontecimiento» a este hombre tan extraño, vestido totalmente de negro y con una máscara barata de las que se compran en cualquier papelería, era como lanzarse de cabeza en pleno reino de los rodeos y las circunlocuciones. El hermano Michael Oscuridad era algo más que un acontecimiento: era una fuerza de la naturaleza, una presencia poderosa y una inquietante realidad; por mucho que fuera obviamente un perfecto caso para los asilos de lunáticos, un chalado provisto de certificado médico y un psicópata encuadrable en el primer casillero de esa escala del uno al diez que medía a los heridos emocionales ambulantes con quienes compartía la emisión.
-Reverendo Oscuridad -dijo-, es casi el momento culminante de la hora y tenemos que dejar la charla para la emisión de las noticias, pero…
-Hermano Oscuridad -dijo él, interrumpiéndola.
Durante un segundo sintió una mezcla de disgusto e inquietud. Su voz. Había tenido el timbre cálido, hondo y grave de los secretos que se cuentan entre susurros en los cuartos oscuros. Cuando hablaba le hacía pensar siempre en una barra de mantequilla que se derretía, apretada por un puño.
-Sí, por supuesto; lo siento. Ya me he dicho varias veces que no ha sido usted ordenado como ministro. Intentaré recordarlo, hermano Oscuridad. -Él asintió cortésmente. Le resultaba imposible leer sus expresiones a causa de la máscara y eso hacía que su habitual y grácil fluidez ante el micrófono quedara algo perturbada. No le ocurría muy a menudo. Siete años en este juego habían hecho que resultara casi imposible hacerle perder la calma o el control-. Lo que iba a sugerir, hermano Oscuridad, es que hagamos una pausa para las noticias y que luego vuelva usted para la segunda hora del programa. Mi siguiente invitado es el doctor Jacob Theiss, un psiquiatra muy conocido que trabaja con la policía de Los Ángeles; va a hablarnos sobre la epidemia de crímenes cometidos con navaja de afeitar…, y creo que parte de lo que usted ha ido diciendo sobre el mal en nuestros tiempos podría ser muy interesante si él lo comentara también.
-Me complacerá sumamente quedarme, señorita Ketchum.
El modo en que habló casi hizo que Theresa Ketchum lamentara habérselo sugerido. Hizo que esas palabras de aceptación sonaran como si ahora hubieran firmado una especie de alianza blasfema. Pero le hizo una seña a Jerry, el ingeniero de la sala de control, y él puso en marcha la comida enlatada que les servía la cadena, y las noticias entraron en el aire con una fanfarria de tambores y trompetas y la voz de un anunciante de Nueva York que ganaba sesenta mil dólares al año.
Ahora se encontraba sola con el hermano Oscuridad. El estudio de emisión en el cual estaban sentados era una caja claustrofóbica, de unos cuarenta y cinco metros cuadrados, con dos paredes formadas por cristales: una daba a la sala de control; la otra daba a la sala de espera donde Millie estaba sentado hablando y encargándose de recibir las llamadas telefónicas del público. Hoy el estudio le parecía más pequeño que de costumbre y su asfixiante atmósfera estaba cargada de amenazas. Pensar que al principio el día había sido precioso…
Se quitó los auriculares y los guardó. Luego se puso en pie, alisándose la falda, y de pronto se dio cuenta de que el hermano Oscuridad la estaba mirando no como a una fría y desapasionada «comunicadora», sino como a una mujer atractiva de treinta y cuatro años, tez bronceada y buena silueta gracias a las tardes pasadas en el club de salud de Beverly Hills, con la nariz exquisitamente arreglada por el doctor Parks en un gracioso respingo y el pelo castaño rojizo cuidadosamente moldeado en la peluquería de Jon Peters. Por un fugaz instante lamentó no haberse puesto hoy algo feo y poco atractivo que tapara bien su cuerpo. La blusa era demasiado delgada, la falda demasiado apretada y su imagen de conjunto resultaba demasiado provocativa. Pero se había vestido para después de la emisión, la fiesta que la CBS daba esa noche en el Bonaventure para promocionar su nuevo esquema de programación de mitad de temporada. En esa fiesta utilizaría su atractivo sensual, el cuerpo bronceado y flexible, la nariz exquisita y ese pelo que parecía haber sido hilado con una hoguera bien cepillada para dedicarse a la alta política y ganarse buenos aliados, para escapar de una condena de siete años en la radio local y ascender hasta un trabajo en la gran cadena. Vestirse con cuidado por la tarde, antes de acudir a la emisora, había sido algo tan maquinal que no se había parado a pensar en el efecto que podía causar sobre los invitados al programa y sólo había considerado la impresión que daría en la fiesta. El conseguir la atención era lo único importante.
Pero el hermano Michael Oscuridad la estaba mirando del mismo modo en que la miraban los hombres del Polo Lounge o los del bar que había en el Rangoon Club. Y en ese momento deseó llevar un caftán, una buena chaqueta ribeteada de piel y un severo traje de mezclilla.
-¿Le gustaría tomar una taza de café?
Oyó su propia voz, gutural y algo lejana. No se parecía en nada a ese tono meloso y fluido que utilizaba como su marca de fábrica en tanto que objeto sexual auditivo cuando estaban emitiendo.
-No, señorita Ketchum, gracias. Si no le importa, me quedaré sentado aquí mismo.
Ella asintió.
-Sí, naturalmente, me parece perfecto. Voy a buscar al doctor Theiss y vuelvo en seguida. Tenemos cinco minutos antes de estar nuevamente en antena.
Y huyó rápidamente hacia el pasillo para encontrarse un segundo después apoyada en la pared color verde mar, respirando hondamente.
Por los altavoces de la pared se oía al comentarista hablando sobre los crímenes cometidos con navaja de afeitar en Los Ángeles, comentando el descubrimiento esa mañana de la mujer número once, joven, desnuda y con el cuello cortado, en los arbustos junto a la rampa de salida de Silverlake, en la estación de Hollywood. Oía la voz, pero no le prestaba ninguna atención.
Entró en la sala de espera anexa al estudio. Jake Theiss estaba apoyado en la pared sorbiendo café de un vaso de papel. El tablero de la centralita estaba totalmente iluminado y las diez líneas parecían latir con un zumbido apremiante. Millie apartó los ojos del tablero y puso los ojos en blanco.
-Jesús, Terri, esta noche tienes auténtica animación aquí. Están arrastrándose a lo largo de las líneas para poder hablar con él…
Ella sintió que su corazón latía con fuerza.
-Aguanta en la línea a los mejores; intentaré hablar con ellos después de presentar a Jake.
Luego se volvió hacia Jake Theiss y él le sonrió, haciendo con ello que le pareciera recobrar algo de la seguridad que le habían robado antes. Ya había estado en el programa una docena de veces e incluso habían llegado a salir juntos algunas noches. Su simple presencia bastaba para tranquilizarla.
-Theresa -dijo él, apartándose de la pared y cogiéndole la mano-, pareces un poco aturdida.
Ella le abrazó, dándole un beso en la mejilla.
-Dios mío, Jake, ¿le has estado escuchando?
El psiquiatra asintió, moviendo la cabeza con lentitud.
-Desde luego que sí. Pero no se trata tanto de lo que dice, como del modo en que lo dice. Un poco de Sade, un poco de Gilíes de Rais, ecos de Proterius, una pizca de Cotton Mather y algunas citas directas del Evangelius Nicodemi, si la memoria no me falla. Todo convertido en contemporáneo gracias a la suma de Jung, Freud, Adler y el estilo busquemos-al-número-uno de Werner Erhard. Nada particularmente espectacular en ello; la mayor parte de los demonólogos modernos sacan sus trucos de la misma bolsa. Pero ese hermano Michael tuyo de ahí dentro tiene el sentido de lo dramático y una voz digna de ese sentido, así como un desagradable modo de sacar a colación lo que está pasando cada día que…, bueno…, no puedo decir que tenga muchas ganar de compartir el micrófono con él.
Ella tragó una honda bocanada de aire.
-¡Jake, hazle parar! Ese chalado está logrando asustarme de verdad sólo con su presencia. Quiero decir que ahí dentro es como estar viviendo El exorcista… Cuando empieza a hablar sobre el regreso de los demonios, te juro por Dios que puedo sentir a todas esas criaturas reptando por el estudio. Y jamás pensé que una máscara infantil de Halloween pudiera dejarme helada de miedo, pero cada vez que me mira con esos ojos verdes, tengo la sensación de que cada parte de mi cuerpo intenta salir corriendo, dejándose olvidada mi cabeza ahí dentro.
Millie le tendió un kleenex de la caja.
-Tu labio -dijo.
Theresa cogió el pañuelo de papel y se limpió.
-Bueno, deja de preocuparte por eso -dijo Jake, tirando el vaso vacío-. Entraré ahí como si fuera la voz de la racionalidad en persona.
Ella sonrió débilmente, sintiéndose como una estúpida. No se podía decir que estuviera comportándose de un modo profesional, desde luego.
Entraron de nuevo en el estudio justo cuando estaban terminando las noticias. Theresa se instaló ante la consola y le dio al mando del intercomunicador.
-Jerry, pasa el del Servicio Buick Sur de California, el de la Pacific Telephone y el Roto-Raíces. ¿Hay alguna parte de ese último que sea en vivo?
La voz metálica de Jerry llenó el estudio desde el otro lado del cristal de la sala de control.
-Sí. Diez segundos.
Puso las cintas y durante un momento, antes de que ella bajara el volumen dentro del estudio, la voz del anunciante de la Buick atronó la atmósfera. Cuando se volvió de nuevo hacia sus invitados, Jake Theiss ya se había sentado ante el tercer micro, el que estaba desocupado, a la derecha de la silla giratoria que ocupaba Theresa. Tragó aire y se dejó caer en ella.
-Jake, éste es el hermano Michael Oscuridad; hermano Oscuridad, el doctor Jacob Theiss.
Vio cómo los dos se daban la mano. Estudió atentamente el rostro de Jake, pero si reaccionó de alguna forma al sentir el contacto de la mano del hermano Michael, tal y como había reaccionado ella la primera vez que él la había tocado, la única vez que la había tocado, al empezar el programa, el psiquiatra logró ocultar esa reacción. Miró al hermano Michael, sonriendo, y dijo:
-He estado escuchando su entrevista. Me ha parecido que el menú resultaría un poco fuerte para un público de profanos que está esperando la hora de irse a cenar, ¿no opina usted así?
El rostro del hermano Michael permaneció impasible.
-Doctor Theiss, si piensa que soy un fraude, ¿por qué no lo dice claramente? La mendacidad carece de atractivo en alguien que se define a sí mismo como un hombre de ciencias, incluso tratándose de una ciencia tan poco reconocida como el estudio de la mente.
El corazón de Theresa empezó a latir con más fuerza. Era como si hubiera recibido dos sacudidas eléctricas de alta potencia, con un intervalo tan escaso entre las dos que habían parecido confundirse en una sola: irritación y miedo ante la animosidad demostrada por el hombre de negro, la cual podía llevar dentro de un instante a una confrontación abierta; y deleite al ver cómo Jake y el hermano se habían puesto inmediatamente en guardia el uno ante el otro, garantizando así una segunda hora llena de controversia para el programa. Se odió a sí misma por sentir tal placer, pero las cosas siempre ocurrían de este modo cuando algo terrible y, al mismo tiempo, susceptible de darle promoción, tenía lugar dentro del programa.
-No sabía que también era usted capaz de leer la mente, hermano Michael -dijo Jake, tragándose el insulto-. Si deseara calificarle de fraude, tenga la seguridad de que esperaría a estar en antena.
La voz del hermano Michael sonó ahora un poco más suave. Sabía que no iba a conseguir una pelea. Al menos, ahora no.
-Me alegra ver que reconoce usted los textos apócrifos. El número de practicantes de lo que ustedes llaman «las artes de curar» familiarizado con los negros documentos de la antigüedad es lamentablemente escaso.
Theresa se había perdido.
-Disculpe, pero ¿a qué se refiere? -preguntó Jake.
-Me refiero a que reconoció correctamente mi cita del Evangelium Nicodemi.
Theresa sintió que una telaraña helada se extendía por su espalda. Jake había dicho eso en la sala de espera. ¿Cómo podía haberlo oído el hermano Michael? Alargó la mano y accionó el mando de Millie.
-¿Nos dejamos abierto el intercomunicador?
Millie negó con la cabeza. Theresa la contempló durante unos segundos a través del cristal. Cada vez sentía más y más frío. Se volvió hacia Jake, confundida.
Él se dio cuenta de que le miraba.
-Un documento prohibido que data del siglo tercero. Describe el descenso de Jesucristo a los infiernos y una sesión del sanedrín de Satanás, su tribunal.
La cancioncilla del Roto-Raíces estaba terminando justamente en ese momento y Theresa alzó la mano pidiendo silencio mientras buscaba entre el fajo de papeles con los lemas para los anuncios y, al mismo tiempo, apretaba el botón rojo de forma cuadrada que ponía en funcionamiento su micrófono de emisión.
-Así que despídase para siempre de los desagües atascados por esas raíces de árboles que han crecido hasta meterse en las cañerías. Llegue a la raíz de su problema con una llamada al representante local de su servicio Roto-Raíces… -Mientras leía el anuncio le iba dando el tono de una conversación, llena de calor y sobrentendidos amistosos, pero durante todo ese tiempo tenía los ojos clavados en sus dos invitados-. Bien, ya estamos de vuelta con el hermano Michael Oscuridad, el jefe de la secta Euquita, un grupo del que se nos ha dicho no guarda relación con ninguna religión ortodoxa o reconocida; un hombre que dice representar a quienes creen en el regreso de las fuerzas oscuras que en tiempos gobernaron la Tierra. Y ahora tenemos también con nosotros al doctor Jacob Theiss, licenciado en medicina y filosofía, miembro de la junta dirigente de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana, que figura también entre el personal del Centro Médico de la Universidad de California y ha ganado muchos y prestigiosos premios en el campo de la conducta humana y su estudio. Doctor Theiss, ¿ha estado usted escuchando la entrevista hasta ahora?
-Sí, Theresa. Y me siento muy intrigado por el hermano Oscuridad y por lo que ha estado diciendo. Pero creo que se equivoca cuando dice que los Euquitas no están reconocidos como secta.
»Hermano Oscuridad, corríjame si me equivoco, pero ¿acaso los Euquitas no eran una secta de los primeros tiempos de la cristiandad que creía en la existencia dentro de cada hombre de un diablo o una maldad congénitas que sólo podían ser expulsados mediante la oración constante? Se suponía que habían repudiado los sacramentos y la ley moral, que habían adorado a Lucifer como al primer hijo del Creador y el más antiguo, ¿no es así? Creo recordar que datan del siglo doce, si estoy en lo correcto.
El hermano Michael se inclinó hacia delante hasta que su cara casi tocó el micro.
-Muy bien, doctor Theiss. Me siento complacido y sorprendido ante su erudición. Totalmente correcto, en todos los puntos.
-¿Y usted se encuentra reviviendo esta secta en Los Ángeles, justo en mitad de la era del plástico?
-¿Cuándo sería mejor? La hora es la más adecuada.
-¿Qué quiere decir con eso? -preguntó Theresa.
-Basta con que mire a su alrededor -dijo suavemente el hermano Michael-. En todas partes verá como la creencia en lo irracional y lo oscuro se hace cada vez más poderosa y arraigada. Las películas nos dicen que estamos siendo observados por alienígenas de otros mundos o que los demonios infestan la noche; hay una especie de carrera frenética por creer en la astrología, la demonología y las conspiraciones asesinas, en la superstición y la magia: buscamos mesías por todos lados; la Atlántida, el Triángulo de las Bermudas, los mundos perdidos en el centro de la Tierra, los espíritus que hablan desde la tumba, el misticismo oriental… dominan cada uno de nuestros momentos de vigilia y cruzan nuestros sueños durante la noche. ¿Cree que todo esto es algo accidental? No, estoy seguro de que no piensa así. Quizás esté confundida y asustada por todo ello, pero en alguna parte secreta de su mente y de su alma usted comprende que es la primera llamada, el primer toque de trompeta de los diablos antiguos que vuelven para gobernarnos. Tal y como es justo y adecuado, naturalmente.
Y ahí empezó todo. Theresa apenas si tuvo tiempo para soltar todos los anuncios en directo requeridos por el horario y la cadena central. Tuvo que leerlos por grupos, sabiendo que sus oyentes se agolpaban furiosamente en las sobrecargadas líneas telefónicas de la centralita. Jake y el hermano Oscuridad seguían discutiendo encarnizadamente, con Jake intentando defender la lógica y la cordura contra el feroz dinamismo que latía en todas las palabras del hermano Oscuridad.
La primera llamada llegó cuando pasaban veinte minutos de su segunda hora.
-Bueno, tomémonos un descanso momentáneo -dijo Theresa-. ¡Uf! Entre los dos están consiguiendo que me dé vueltas la cabeza. Oigamos lo que tienen para decir nuestras llamadas. Doctor Theiss, hermano Oscuridad, si utilizan los auriculares podrán oír al que hace la llamada. Bien… Hola, aquí Theresa Ketchum y se encuentra usted en el programa de llamadas de la KDID. ¿Quién es?
La voz que llegó por la línea era extrañamente asexual, ni de hombre ni de mujer, siendo también imposible de identificar como vieja o joven. Parecía venir de una gran distancia, aunque era clara y precisa en su articulación.
-Soy alguien de quien todo Los Ángeles desea saber -dijo la voz-. Soy el responsable de esos actos de purificación hechos con la navaja. Ustedes les llaman crímenes, pero yo les aseguro que son actos de limpieza y purificación.
Al otro lado del cristal el rostro de Millie fue invadido por el horror.
Buscó a tientas la línea privada y marcó. Theresa vio sus frenéticos movimientos y supo de inmediato que estaba marcando el número de emergencia de la policía, el 911. Gracias a Dios, era Millie quien estaba de turno esta noche y no Charlie, el cual era tan lento como las llamadas que muchas veces no sabía ni quitarse de encima a los viejos pesados que no paraban de hablar.
-Adelante, sea quien fuere -dijo Theresa, intentando ganar tiempo para que la policía pudiera localizar mediante los sistemas de la Compañía Telefónica la línea desde la cual hablaba quien se había proclamado como el asesino-. De todos modos, sabemos que en esta ciudad hay un número tal de chalados dispuestos a confesar crímenes que podrían llenar el Forum entero. ¿Por qué razón deberíamos creer que es usted el asesino de la navaja?
-No es necesario que me crean. Pero aquí tiene un poco de información que la policía se ha estado guardando: cuando ejecuto mis actos de limpieza, siempre corto un pentáculo en la planta del pie izquierdo de mis sacrificios.
Siguió hablando, pero Theresa vio que Jake le estaba haciendo señas frenéticamente. Apretó el botón verde que dejaba desconectado el micro de ambiente y Jake, con voz entrecortada, le dijo:
-¡Es él! ¡O ella! ¡No logro distinguirlo por su voz! Pero eso no ha figurado ni tan siquiera en los informes de la autopsia entregados al fiscal.
-¿Cómo lo sabes tú?
-Por el amor de Dios, Terri, ¡estoy trabajando con el Departamento de Policía de Los Ángeles en esto! ¡Te digo que esa persona es la que ha cometido los crímenes!
Theresa conectó nuevamente el micro.
-¿Por qué nos está llamando?
La voz siguió hablando con una entonación cuidadosa y firme.
-Sólo quería decir que les convendría mucho oír lo que tiene por contar el hermano Oscuridad. Tiene razón, ¿saben?
La reacción más violenta fue la del hermano Michael Oscuridad. Cogió el soporte del micro y atrajo bruscamente el aparato hacia él.
-Sea quien fuere…, tiene que ponerle fin a esto…, es horrible…, no está bien, no es justo… Es usted una persona enferma y…
Pero la línea quedó muerta justo entonces. Por el micro brotó la señal de marcar.
Se quedaron sentados en silencio, sabiendo que por toda la ciudad de Los Ángeles estaba organizándose un pandemonio entre los miles de oyentes que tenía el programa; sabiendo que si los directores de la emisora les habían estado escuchando ya andarían llamando por las líneas privadas para saber por qué razón no se había utilizado el lapso de intercepción de cuatro segundos y medio; sabiendo que la policía venía ya de camino a la emisora; sabiendo que ahí fuera una persona que no estaba en sus cabales se preparaba nuevamente para matar, animándose a ello. Seguramente, esto era lo que la llamada pretendía anunciar. Un nuevo crimen.
Theresa no sabía qué decir. Por primera vez en siete años se encontraba demasiado aterrorizada y aturdida para dejar que su sentido del drama y lo teatral venciera su conmoción. Pero Jake ya se había puesto en movimiento.
-Hermano Michael, ¿conoce a esa persona?
-Le juro que nunca he oído esa voz. No quiero que piense en alguna relación entre mis creencias o la secta que represento y esos crímenes…
-Pero esa persona, y soy incapaz de afirmar si es un hombre o una mujer, dice que su doctrina es correcta. Esa persona que ha llamado se adhiere a lo que usted profesa. ¿Se da cuenta ahora de adónde lleva su loca y blasfema doctrina? ¡El caos! ¡La locura! ¡Hace que a los locos les parezca justo matar gente inocente!
Y Millie estaba agitando ferozmente la mano al otro lado del cristal, indicándole a Theresa que cogiera la línea tres.
Apretó el botón de la línea tres y empezó a decir:
-Está usted en el programa de llamadas de radio KDID…
Pero la voz de la noche brotó nuevamente del micro:
-No intenten localizarme; no tendrán suerte. Sólo quiero hacerles saber que todo empieza y acaba esta noche.
Theresa oyó el jadeo que surgía de sus labios y apenas si logró decir algo.
-¿A qué se refiere?
Y la voz dijo:
-Esta noche todo encajará. ¿Ha mirado la luna? Esta noche hay luna llena. Y todo lo que ustedes creen, todas las cosas terribles y todas las locuras, todo eso que el hermano Oscuridad llama «lo irracional» se reunirá. La creencia en lo oscuro, los viejos miedos, todas las locuras que en lo más hondo de sus almas ustedes creen que mueven realmente el universo…, todo eso se ha vuelto lo bastante fuerte como para que llegue el fin de mis actos de purificación…, y el comienzo del Apocalipsis.
Y el micro volvió a quedar muerto.


Theresa pulsó el intercomunicador de Millie.
-¿De dónde venía eso?
Millie estaba llorando.
-Ésa era la línea tres, de Orange County. Pero la primera era la línea de Los Ángeles. ¡No puede ser!
El rostro de Jake se había vuelto blanco a causa del miedo.
-Oh, Dios mío… -dijo en voz muy baja, con el terror haciendo temblar sus palabras.
El hermano Michael balbuceaba, repitiendo una y otra vez:
-Yo no he tenido nada que ver en eso, nada…, no le conozco…, juro que no pretendía causar daño alguno…
Y a medida que la hora iba acercándose a su final llegaron dos llamadas más. Una de Long Beach, la otra en una línea que empezaba en Glendale. Nadie podía recorrer la distancia que separaba la una de la otra en el simple espacio de unos minutos; pero aun así era la misma voz, y las llamadas habían llegado.
Y cuando vino la policía se llevó al hermano Michael. Y Jake fue con ellos, para prestar su ayuda como coordinador en la movilización de todos los policías que estaban disponibles en la ciudad. Y cuando la hora terminó, Theresa estaba sentada en el estudio, sola, temblando de pánico.
¿La fiesta de esta noche? No, imposible. Nada de fiestas esta noche. Quizá nada de fiestas ninguna noche. Esa voz, la calma que había en las palabras, la certeza. Esta noche: el Apocalipsis. Y una palabra del último mensaje enviado por el asesino de la navaja: Armagedón. La batalla final entre el bien y el mal, el último combate entre las fuerzas del Creador y los oscuros demonios que habían sido exiliados antes de que el hombre caminara sobre la Tierra.
-Terri, me voy a casa.
Era la voz de Millie desde el otro lado del cristal. La sala de control estaba vacía. Jerry se había ido. Theresa levantó la mirada, aturdida, moviendo la cabeza una sola vez en señal de asentimiento e intentó ponerse en pie. Descubrió que había perdido la fuerza necesaria para salir de esa terrible y minúscula habitación, al menos por el momento.
-Ve delante, Millie; te veré mañana.
Dejó su mano inmóvil sobre la consola, tras haber soltado el mando del intercomunicador. Millie se fue.
Sabía que había más gente en el edificio. En otros estudios la KDID seguía trabajando; incluso ante la realidad de lo que había sido emitido por las ondas esa noche. Descubrió también que estaba demasiado asustada para irse, para atravesar los corredores más allá del mostrador de seguridad, hasta llegar al estacionamiento con su alta valla de alambre, metiéndose sola en su coche y conduciendo por toda la ciudad hasta llegar a su apartamento. No. Se quedaría allí. Estaría a salvo, en el estudio, segura. Allí estaría encerrada, protegida de lo que pudiera ocurrir esa noche.
En la sala de control vacía brilló débilmente una luz.
Miró por el cristal, forzando la vista para distinguir de qué se trataba, qué estaba avanzando hacia ella. Una débil luz púrpura, suave y algo borrosa, como la huella de un morado que se desvanece de la piel. Y ahora otra luz, en el cristal de la sala de espera al otro lado del estudio. Sus ojos fueron de un cristal a otro, viendo cómo las luces avanzaban lentamente hacia ellos. Ahora otra luz en la sala de control. Y otra. Dos luces más en la sala de espera.
Oyó un rugido lejano bajo sus pies. El estudio tembló con la reverberación de un impacto en el suelo. A través de las paredes a prueba de sonidos le llegó el estruendo ahogado de las explosiones. Los seísmos hacían ondular el suelo; las baldosas de vinilo se retorcían alrededor de sus pies.
Las débiles luces estaban más cerca. Figuras acercándose hacia el cristal. Deteniéndose ante él para contemplarla. Siluetas vestidas con túnicas negras, con capuchones que les ocultaban el rostro. Y una luz púrpura, extraña y enfermiza, el más tenue y temible de los resplandores, ardiendo bajo los capuchones, filtrándose al exterior. Estaban mirándola. No podía ver sus ojos: pero estaban mirándola.
Alzaron sus brazos lentamente y las mangas de sus túnicas negras cayeron hacia atrás revelando sus manos. Theresa descubrió que no podía respirar, que su pecho se estremecía convulsionado por el dolor que le causaban los feroces latidos de su corazón.
Sus dedos no acababan en carne. Metal. Metal frío y afilado; metal mortífero. Ésta era la respuesta a cómo las llamadas telefónicas de la misma persona podían llegar de fuentes tan distintas.
Oyó un movimiento justo al otro lado de la puerta del estudio. Los muros temblaban con los ecos del cataclismo que tenía lugar en el exterior. Ahora el rugido era más fuerte.
Y en el segundo que precedió al abrirse la puerta se le ocurrió una última idea que la dejó petrificada, y pensó que ella había sido parte de todo lo ocurrido, que había difundido la doctrina de la irracionalidad y la superstición cada noche durante siete años, que le había dado una plataforma a cada uno de esos enloquecidos auténticos creyentes cuyas locas fantasías podían ayudarla a que su audiencia creciera.
Y ahora sus adoradores habían llegado para sacrificar a su profetisa. Podía sentir ya el frío y la muerte, podía sentir el gélido corte de esos delgados dedos metálicos. Sus palmas estaban cubiertas de sudor, esperando y anticipando la última emisión.
La puerta se abrió y, uno a uno, entraron en el estudio. Se quedaron inmóviles, mirándola mientras ella sentía coagularse la vida en su cuello y en sus arterias. Alzaron sus brazos y las mangas cayeron revelando la carne pálida y los dedos que terminaban en metal. Esperó a que la tocaran por primera vez.
Y ellos cayeron de rodillas, alzando los brazos en un gesto de súplica. Empezó a temblar sintiendo que en su interior se alzaba el rictus de un alarido, haciéndola estremecerse cual si tuviera fiebre. Ahora sabía lo peor, ahora lo entendía.
No iba a morir. Había transmitido la palabra en su nombre cada noche durante siete años y no iba a morir. Sería su oscura sacerdotisa. Sería igual que los demás que habían hecho su trabajo sucio, los que habían difundido la palabra: seguiría con vida, quizá para siempre.
Una sacerdotisa oscura en un mundo desolado, gobernado por demonios, purificado de la humanidad. ¡No moriría!
Era peor que la muerte: gobernar para siempre el infierno. Una vida carente de amor y belleza; adornada por los devoradores de la oscuridad. Seguir viviendo, cubierta siempre por un sudor frío, pasando por una última retransmisión eterna en la cual no caía el telón ni había línea final.
Su grito habría podido resquebrajar los cristales, pero no fue así; lo único que hizo fue resonar en los dedos metálicos de sus amos y sus siervos.
Desde el mundo en llamas que había fuera del estudio llegó un susurro, un vendaval: la plaga de las langostas.

FIN