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domingo, 18 de febrero de 2018

La primera patria de Fernando Aramburu


Fernando Aramburu, en San Sebastián. CARLOS Gª POZO




Después del éxito, el escritor donostiarra publica 'Autorretrato sin mí', un conjunto de prosas que se miran en la poesía y que bucean en la infancia y la juventud del autor.
El éxito no le ha cambiado la tarima por dentro a Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959). Al principio pudo desconcertarle, pero pronto tomó conciencia de la causa del triunfo y Patria, la novela con la que se aupó a la cumbre de las listas de libros más vendidos y a los palmarés de un puñado de premios fuertes, es sólo un buen momento que patrocina momentos aún mejores.
En estos 17 meses de viajes y foco, Aramburu ha escrito tres libros más y ha ordenado y trabajado en unas prosas que estaban de algún modo alojadas en el lóbulo occipital del cerebro. Ahí donde se arman las imágenes. O donde se descifran. El libro es este:Autorretrato sin mí. Lo publica Tusquets el próximo día 27. Y tiene un alto gramaje de poesía. De memoria hecha a ráfagas. De vuelta al origen. De recuento de infancia. De amor por los suyos. De niño en la playa. De muchacho en los libros. De hombre a solas. De crudeza, también. De intemperie, a ratos. Es casi un himno sin bandera ni mástil. Es un echar la vista atrás para entenderse mejor en el ahora.
Aramburu es consciente de que para seguir escribiendo debe hacerlo a la manera de siempre. A su modo. Sin peajes. Sin quedarse colgado en el fervor imprevisto de Patria, como cuando las palabras no se habían convertido aún en largo aplauso.



¿Este es el libro que debía hacer después de Patria?
En realidad, no ha sido así. La escritura del Autorretrato es anterior, simultánea y posterior a Patria. Yo sentía que ambos libros se complementaban. La novela me inducía a asomarme a vidas ajenas; el Autorretrato a mirar dentro de mí.

 Es un trabajo de intimidad que a ratos desconcierta. Aun así, no llega al exhibicionismo.
A mí el espejo me devuelve a un tipo común que principalmente lee, escribe y abraza a los amigos, y que de vez en cuando tiene dos o tres ideas. Yo sólo he buscado entenderme a mí mismo en el mundo, en mi relación con el mundo y con esas cosas del mundo de las que ningún ser humano, sea quien sea, viva donde viva, está exento. El resultado es altamente personal, pero no es anecdótico.

 ¿Diría que es una catarsis o tan sólo un paseo por la memoria?
Lo veo más como una definición. ¿Quién soy yo delante de la noche, en la soledad, cuando la vida me sacude un palazo, cuando me echo a reír, cuando llueve o saboreo un trago de sidra fresca? Como comprobará el lector, si se anima a leer el libro, las respuestas a todos esos interrogantes tienen una baja densidad narrativa. De nuevo, como en viejos tiempos, me he atrevido a acercarme al discurso esencial y allí, claro, estaba esperando la poesía.

Sus padres orbitan alrededor de estas páginas, acumulando ternura y crudeza. ¿Una deuda pendiente?
Se trata de una deuda continua que pago con placer. A mí me pasa como al poeta Francisco Javier Irazoki, que considera con agradecimiento la humildad de sus orígenes.

También hay declaración de amor a la infancia.
La infancia, a excepción de cierto tramo de mi juventud, sigue siendo mi época favorita. No la perdí del todo. Conservo bastantes vestigios por ahí adentro.

Y declaración de amor a la tribu.
Por no pasarme la vida solo, porque lo cierto es que a mí la tribu a menudo me saca de quicio.

¿De un éxito como el de Patria es necesario saber escapar?
El éxito lo deciden los demás y los demás son muchos y están en todas partes. No hay escapatoria posible ni falta que hace. Un día me di cuenta de que me estaban entrando tentaciones de adoptar una postura ante todo eso. Al instante eché el freno y ahora me dedico sin tapujos a saborear el éxito, viajo, disfruto de los aplausos y del vino que me ofrecen, me acuesto a buenas conmigo por las noches, suelto unas risas bajo las sábanas y duermo a pierna suelta. Me lo puedo permitir porque ya tengo decidido el día y la hora en que bajaré la persiana.

¿Qué quiere decir con eso?
Que me encerraré a escribir y no saldré de casa ni a tomar aire.

Aquí está el Aramburu que se estrena en la lectura y en la escritura, el del comienzo de los comienzos. ¿Por qué ahora?
No hay un plan. Lo que hay es una escritura constante, proyectos que se concretan al cabo de un tiempo y la ocasión de ofrecérselos a los demás. Escribo lo que se me ocurre. Eso es todo.

¿La poesía es principio y fin de su escritura?
A la poesía le dediqué muchas y apasionadas noches de juventud. Luego la repudié porque entendí que pretendía retenerme en la escritura convencional de poemas. La abandoné por sus mayores enemigas: la parodia, la jocosidad, la burla. Más tarde comprendí que el abandonado había sido yo. Fui descubriendo poco a poco que la poesía no está genuinamente en el poema, sino en quien lo lee. Empezamos ella y yo a vernos a escondidas hasta concebir juntos este hijo que hemos llamado Autorretrato sin mí.

Aquí se habla usted a sí mismo a lo lejos, como mirando a otro.
Yo quería hablar conmigo a través del hombre general. Goethe lo expresó con precisión al proponer el concepto del colectivo singular. A mí no me va expresarme desde el nosotros. ¿Quién soy yo para tutelar a una muchedumbre? Prefiero, como Goethe, que mi vínculo con la especie humana tome prestadas mis manos y escriba con ellas.

Hay en estas prosas mucha soledad, silencio, resistencia.
Hay de todo eso y, espero, algo de música verbal no del todo mal temperada.

También un punto fantasmagórico. O quizá onírico. Como de alguien que pasase por aquí convertido en psicofonía de sí mismo.
Soy un pésimo soñador. También, lo confieso, me aburren los sueños de los demás, probablemente porque nunca adquirí la habilidad de tomármelos en serio. Freud, Jung, Lacan... nunca me levantaron del asiento. Abracé en su día el surrealismo, pero más que nada porque le veía posibilidades humorísticas.

¿Y por qué hacerlo al calor de la poesía? ¿Por qué no un texto más narrativo?
Porque en el núcleo central de mi defectuosa persona no hay mucho que contar. La crónica de mi vida es breve: era un hombre que escribía y leía. En cambio, dispongo de bastante hueco interior para la música.

Este Autorretrato sin mí podrían ser unas memorias líricas.
A lo sumo de una manera lateral. A mí me parece mucho más interesante dilucidar con escritura esmerada en qué consiste estar con naturaleza humana en la existencia.

Hay como un intento de «escribir la escritura» (Umbral).
Fue la opción de Umbral y es la mía y la de tantos otros. ¿Qué podíamos hacer si no aprendimos a tocar la trompeta, ni a pintar buenos cuadros, ni a diseñar edificios? Nos queda la palabra, esa lana triste, que decía Vicente Aleixandre, y con la palabra escrita damos la murga a quien se ponga a mano.

Parece que no cabe en estas páginas lo que no sea un sentimiento decantado, pero a la vez hay (en ocasiones) una cierta severidad y lejanía a la hora de echar la vista atrás.
Es que yo lo que no quiero es levantarme un monumento en vida. Por otro lado, no todo es jardín ameno en este mundo. Bien es verdad que evito aposentarme en la queja incesante y en la continua crítica negativa; pero tampoco ignoro la crueldad ni los malos olores.

 El estremecimiento del paso del tiempo también asoma a cada instante.
¡Qué remedio! A poco que uno se ponga a indagar en los mecanismos de la existencia, se da de bruces con su condición pasajera. Yo la afronto, de momento, con serenidad estoica, procurando exprimir un poco de literatura al destino trágico de la especie.

¿Acabó con Patria sobrepasado de presente, incluso de actualidad?
Después de Patria he terminado tres libros. Patria es como un elefante en la sala de estar. Ocupa mucho sitio, pero no lo ocupa todo. Ha pasado el suficiente tiempo desde su publicación como para comprobar que no me ha cambiado ni como escritor ni como persona. Creer que uno alcanzó el horizonte es una bobada.

¿Una vez que se escribe el pasado, qué hacer ahora con el propio pasado?
Pues inventarse otro mientras haya papel y bolígrafo o un teclado sobre la mesa.

¿No queda una sensación de tiempo mágico cuando uno mira los primeros años de su vida?
Es posible, particularmente cuando en la infancia hubo sol y cerezos y mar cercano, como fue mi caso. Yo soy partidario de sacarle algún provecho literario a esa supuesta magia. Como mero recuerdo, la verdad, no me llena la tarde, quizá porque no estoy apenas versado en el arte de la melancolía.

 Y a partir de ahora, qué.
A partir de ahora viene lo bueno. Hasta ahora todo ha sido calentamiento en la banda, preludio, probaturas. Me ha costado años y libros lograr la serenidad. Me dispongo a disfrutarla sin aspavientos. y luego que la vida me derribe.