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lunes, 24 de julio de 2017

EL REINO DE LA TIERRA Tennessee Williams



Hablando de salvación yo creo que hay mucha verdad en la afirmación de que uno se salva o no lo hace, y lo mejor que puede hacer es encontrar de qué y atenerse a ello. Lo que más cuenta es la satisfacción personal, al menos para la mayoría de la gente, y sabe Dios que esforzándose y luchando uno nunca consigue algo para lo que no está hecho.
Acabo de pasar por un periodo de mi vida en el que luché. La cosa se debió a todos aquellos chismes que la chica de los Gallaway propagó por la comarca de que yo tenía una madre con parte de sangre negra. No había nada de cierto en ello, pero mientras en la naturaleza humana exista algo como la envidia, y será durante mucho tiempo, habrá gente inclinada a prestar oídos a la calumnia. Yo era lo que se conoce por un mestizo. Mi padre me tuvo en Alabama con una mujer que tenía sangre cherokee. Soy cherokee en una octava parte y el resto blanco. Pero la chica de los Gallaway había propagado rumores sobre mí por toda la comarca. La gente se puso en contra de mí. Todos se mostraban desconfiados. Yo andaba por ahí solo, pues tengo demasiado orgullo o carácter o lo que sea como para obligar a que alguien esté conmigo cuando no me quiere. Pero me sentía muy dolido por el modo en que la chica de los Gallaway se había portado cuando rompimos. Estaba tan solo como un perro abandonado y no sabía qué camino seguir.
Y entonces una tarde, mientras Smith el Gitano estaba predicando por esta región, me dejé caer por allí y oí un maravilloso sermón sobre la lucha espiritual. Me llevó a pensar en este cuerpo lascivo y en cómo debería emprender una lucha contra él. Y luché, claro que sí, durante un tiempo a partir de entonces. Existen todas las posibilidades de que todavía siguiera haciéndolo si Lot no hubiera traído con él de Memphis a aquella mujer que me enseñó lo inútil que era todo aquello, en cualquier caso en lo que se refiere a mí personalmente.
Lot volvió a la casa de Memphis un sábado por la mañana del verano pasado y trajo a esa mujer con él. Yo estaba trabajando en el campo sur, fumigando el condenado ejército de gusanos, cuando vi el Chevrolet que salía de la carretera y doblaba hacia el camino de entrada. El coche estaba todo amarillo por culpa del polvo y no tenía rueda de repuesto. Supuse que Lot la habría empeñado para pagar la gasolina del trayecto.
Fui a casa para reunirme con ellos y Lot estaba borracho.
«Te presento a mi mujer -dijo-. Se llama Mirta.»
No les dije ni palabra. Me limité a quedarme allí y mirarla. La mujer llevaba puesto algo de dos piezas, la parte de la falda blanca y la de arriba con lunares azules. Ésta la había hecho con dos pañuelos con grandes puntos, que ella había atado juntos. Le colgaba toda torcida y dejaba ver parte de sus tetas, las mayores que yo había visto nunca en el cuerpo de una chica joven, morenas por el sol, con el color del sorgo la mitad de arriba hasta los pezones, y por debajo inmaculadamente blancas y con aspecto nacarado.
«Bien -dijo ella-, hermano», e hizo como si me fuera a besar, pero yo me aparté molesto porque quería que se diera cuenta de lo que me parecía aquello. Se trataba de un truco de puta auténtica el casarse con un moribundo como ella debía de saber que estaba Lot. Lot tenía tuberculosis y estaba tan mal que le sacaron el aire de uno de los pulmones en Memphis. Supongo que ella debía de saber cómo estaban las cosas; que la casa era de Lot y no mía, aunque yo hacía todo el trabajo. Pero Lot era hijo legítimo y así, cuando murió papá, fue a Lot a quien le dejó la casa. Después de la muerte de papá y de enterarme de que me habían jodido, dejé la casa y me fui a Meridian para trabajar en un taller de rodamientos, pero recibí aquellas lastimeras cartas de Lot diciendo que volviera, y volví dando por supuesto que cuando muriera Lot, lo que iba a pasar bastante pronto, la casa sería mía.
«Bueno -pensé para mí mismo después de conocer a la mujer-, lo sensato es mantener la calma y ver cómo van las cosas, al menos durante un tiempo.» Conque volví al campo y continué fumigando. No fui a la casa a cenar. Le dije a la chica negra, Clara, que me trajera la cena. Me la trajo en un cubo, y después de terminarla, fui al Crossroads Inn a tomar una cerveza. Allí estaba Luther Peabody. Me invitó a una copa y mientras yo la estaba tomando me dijo: «¿Qué es eso que he oído de que Lot trajo una mujer a casa con la que se ha casado?». «¿Quién dijo que se había casado con ella?», le pregunté. «Bueno -dijo Luther-, es lo que me dijeron, que Lot había traído a casa una mujer tan grande como una casa.» «Una casa y Lot», dijo Scotty, que trabaja en el bar, y todos se partieron de risa. «Ha traído una mujer a casa para que le cuide», les dije. Y eso fue todo lo que yo tenía que decir al respecto.
Debían de ser las diez y media cuando volví a casa. La lámpara de la cocina estaba encendida y ella estaba allí calentando algo en el fogón. Hice como si no notase su presencia. Pasé junto a ella y subí a la guardilla. Empujé mi camastro hasta la claraboya para recibir la brisa, pero no había ni un soplo de viento.
Pensé en algunas cosas, pero todavía no decidí nada. Hacia la mañana empecé a oír algo de ruido. Bajé la escalera descalzo. La puerta del dormitorio estaba abierta y ellos jadeaban como dos perros salidos.
Fui afuera y anduve por los campos hasta la salida del sol. Entonces volví a casa. La negra estaba preparando el desayuno y al cabo de un rato la mujer entró en la cocina. Llevaba un quimono de satén azul claro del que no se había molestado en sujetar el cinturón. La chica negra, Clara, no dejaba de mirarme y soltar risitas, y cuando me puso el plato delante dijo: «¿Qué estás mirando?». Yo dije: «Nada en especial». Y luego ella soltó una risa como la de un caballo. No podía echarle la culpa de nada. ¡Yo tampoco tenía nada que decir sobre aquellos dos enormes melones!
Cuando terminó el desayuno llamé a Lot para que saliera al porche y habláramos un poco. «Óyeme bien -le dije-, te oí esta noche pasada en la habitación con esa mujer, a las cinco y media de la mañana. ¿Cuánto crees que vas a durar en tu estado? Dentro de un mes esa encantadora Miss. Mirta te habrá dejado todo jodido, te quitará hasta el último aliento, y volverá más fresca que una rosa al burdel donde debiste de encontrarla.»
Aquellas palabras le molestaron e hizo como que me iba a dar un puñetazo, pero le pegué yo antes. Le dejé patas arriba al pie de los escalones. Entonces salió ella. Me llamó carapijo y muchas otras cosas parecidas, y luego se echó a llorar. «No lo entiendes -berreó-. Yo le quiero y él me quiere a mí.» Me reí en su cara. «El invierno pasado -le dije- se lo hizo con las sábanas.» «¿Qué quieres decir con eso?», me preguntó ella. «Pregúntaselo a Lot», le contesté yo, y luego salí y dejé que lo rumiaran.
Al salir me reía. El sol estaba alto y quemaba como el fuego. Tenía mi garrafa de licor guardada en un montón de nieve de las montañas. Fui a por ella y le di un tiento. Aquello me puso borracho inmediatamente porque ya había bebido mucho la noche antes. El suelo no dejaba de balancearse a un lado y a otro como un buque de vapor. Corría un poco hacia adelante y luego daba tumbos hacia atrás y me partía la risa ante lo que le había dicho a la mujer. Era una cosa jodida de decir a una mujer. No era exactamente agradable que se dijera a nadie. Pero yo estaba terriblemente enfadado por lo que había hecho Lot: aparecer muy ufano con una puta con la que decía que se había casado sin otro motivo que para montar el número de que era independiente.
Volví a donde había dejado el aparato para fumigar. Los negros estaban alrededor y se contaban cosas. Se levantaron como de mala gana. Yo dije: «Oíd, si no queréis trabajar, despejad el campo. Y si no, ¡a currar!». Bueno, pues curraron. Y para cuando lo dejamos habíamos fumigado el campo norte entero desde la carretera hasta el río. (Uno tiene que perseguir las plagas, o ¡por Dios que te arruinarán!)
Cuando oscureció dejé la fumigadora debajo de un gran álamo de Virginia y volví a la casa. Las luces estaban apagadas, así que encendí la lámpara de la cocina y calenté la cena. Tenía lo que había quedado de verdura, y algo de maíz y batatas. Quedaba algo de café en un puchero del fogón. Lo tomé solo, en contra de cualquier opinión sensata mía. En verano me quita el sueño, en especial cuando estoy salido por no haberlo hecho con frecuencia, y ya había pasado mes y medio desde que me follara a una mujer. Pensé para mis adentros: «Tengo veinticinco años y soy fuerte. Debería dejar de andar por ahí haciendo el tonto y conseguirme una chica fija». El motivo por el que no la tenía aún eran aquellas falsas historias que se había inventado la chica de los Gallaway. La chica de los Gallaway este último verano no estaba en el pueblo. Se había ido al norte, deprisa y corriendo y no sólo por mi culpa, pero no sin antes propagar aquellas mentiras sobre mí por la comarca de los Dos Ríos. La chica que trabajaba en el puesto de hamburguesas de la carretera me contó que las había oído, pero no podía decir a quién. Imaginé que debía de ser Lot el que primero las soltó. Le llamé al orden. Y claro, me juró que él nunca jamás. Le di una paliza porque nadie más tenía motivo para hacer una cosa así a no ser él, que me tenía envidia, y Lot tenía tanta envidia que casi no podía ni respirar.
Pero no importa, pues todo eso es agua pasada.
El aire de la cocina era muy caliente y parecía zumbar. Supongo que tenía la sangre demasiado caliente o algo así. La mano me cayó en el regazo, entre las piernas. Tenía la cabeza muy cansada, y casi antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, me la había sacado y había empezado a jugar con ella. «Esto no es lo que quiero», dije. Conque me levanté inmediatamente y fui hasta el gran barril con agua de lluvia de atrás y me eché agua en la cara y por el cuerpo. Pero el agua sólo pareció que me ponía más tenso. La cosa tampoco daba señales de que fuera a bajar. Me llevé las dos manos a ella y la meneé un poco. Era una cosa grande de verdad. Las dos manos apenas la tapaban. Y así me quedé junto al barril con agua de lluvia y me meneé la polla. Había salido la luna y era tan blanca como la cabeza de una chica rubia. Pensé en Alice, pero eso no me sentó nada bien, y meneármela no era nada divertido, conque lo dejé y me limité a quedarme allí protestando y aplastando mosquitos. No hacía viento. No había ni un soplo de aire. Miré hacia el piso de arriba. Estaba encendida la lámpara en el dormitorio de ellos. Escuché un rato y los oí jadear. Sí, estaban a ello otra vez. (Podía oírlos gruñir como un par de cerdos en una pocilga al sol cuando la primavera empieza a resultar templada.) Pensé en las piernas de ella, tan suaves como la seda y sin pelos negros, y en sus tetas, las mayores que había visto nunca en el cuerpo de una mujer joven, del color de la melaza de sorgo la mitad de arriba y el resto de un blanco puro con pequeñas cuentas dulces. Luego en su tripa. Redonda y abultada. Y seguro que sería agradable apretarla contra ella o hacer que balanceara el cuerpo adelante y atrás y luego echarme encima y clavarla. Dios santo, meterla entera, justo hasta la empuñadura, y luego empezar el metisaca y notar que la cosa se pone más caliente hasta que ella empezaba a resollar y todo eso de lo caliente que estaba, y una cosa húmeda sale de dentro de uno. Bien, bien, bien. Lo mejor del mundo, esa sensación de que quema y luego correrse, ese maravilloso dejarse ir, disparar dentro de ella, dejarla exhausta y completamente satisfecha y lista para dormir. Sí, en el mundo no había nada igual, ni siquiera nada que se lo pudiera comparar. Sólo eso, y no hay nada más perfecto. Lo demás es mierda. Todo lo demás no es nada más que mierda. Pero eso sí que es bueno, y si uno no tiene nada más que eso, ni dinero, ni tierras, ni éxito en el mundo, todavía tenía eso, que hacía que mereciera la pena vivir. Sí, uno podía llegar a casa, una casa con techo de hojalata bajo el ardiente calor, y buscar agua y no encontrar ni una gota que beber, y buscar comida y no encontrar ni una sola miga. Pero si uno tiene en la cama a una mujer desnuda, aunque ni siquiera sea demasiado joven ni guapa, y ella alza la vista y dice: «Me apetece, papito»… entonces, digo que uno consigue algo de la vida que merece la pena, y todo el que no piense así es que no se ha follado a una mujer como es debido.
Pero pensar en ese tipo de cosas no me estaba sentando nada bien, conque volví a la cocina y llené y encendí mi pipa. Miré el fregadero con los platos apilados dentro. Con Mirta las cosas no habían mejorado mucho que se diga en la casa. Pero es que ella no era una mujer. Un coño sólo es un coño, y eso es lo que era Mirta, sólo era una cosa que se podía follar. Yo podría conseguir una mujer, no había duda en ello. Pero si traía una a casa para que viviera conmigo, por Dios que sería una mujer hacia la que pudiera sentir algo de respeto.
Fui a la puerta mosquitera a mear y tuve que esperar unos minutos antes de poder hacerlo. A lo lejos oí ladrar a un podenco. Sonaba a triste. A pesar de mí mismo, volví a mis pensamientos anteriores. Pensé en la chica de los Gallaway y en las noches que pasamos allí en Moon Lake, bailando, bebiendo y haciendo lo que hacíamos en un cobertizo para barcas. Ella me la chupaba, además de todo lo demás. Si yo hubiera querido hablar, podría contarle a la gente que me la chupaba. Ninguna que no sea una guarra haría eso. Una vieja puta me contó que lo llaman una mamada, eso de la lengua, ya se sabe, pero tengo que admitir que a uno le gusta mucho que le hagan una cosa sí, y ella era especialista.
Claro, ya sé que no hacía bien pasando revista a todos esos recuerdos, era como barajar un mazo de cartas usadas, pero parecía como si tuviera la cabeza centrada en ese asunto y nada lo podía evitar. Es como dice el predicador, hay que cerrar las puertas del alma al cuerpo y mantener el cuerpo fuera o el cuerpo las abrirá e inundará el alma y todo lo demás decente que tengas. La cuestión es, sin embargo, que yo nunca parecía que tuviese puertas que cerrar. Me habían hecho sin esas puertas. Les pasa a algunas personas, supongo. Las hacen sin ellas, y seguro que eso era lo que había pasado conmigo. Me digo: «Este tipo de cosas son asquerosas, y recuerdo que el predicador ha dicho que hay que esforzarse por cerrarle las puertas al cuerpo». Busco las puertas para cerrarlas y me doy cuenta de que no tengo nada con que sujetarlas. Me digo interiormente, mientras estoy allí parado en los escalones: «Eres un fenómeno de la naturaleza, dejas entrar a los mosquitos y con eso no consigues nada». Conque me di la vuelta y entré de nuevo en la cocina. Hacía tanto calor en un sitio como en otro. Por lo menos allí dentro tenía una silla donde sentarme. Conque me senté en una silla junto a la mesa de la cocina. Puse los pies encima del borde de la mesa. Entre las piernas aquella cosa, tan vieja y tan grande, me palpitaba. Sí, me quemaba y palpitaba como si la hubiera picado una abeja, y no tenía ninguna puerta para protegerme contra ella.
Supongo que parte de mi problema era la falta de estudios. Nunca me ocupé demasiado de nada a no ser de beber, follar y esforzarme por hacérmelo lo mejor que pudiera sin tener mucha suerte en ello. Supongo que si un tipo puede agarrar un libro por la noche, eso debe suponerle una gran diferencia. Vamos a ver, sé leer, entiendo la mayoría de las palabras, pero dudo que leer le cierre las puertas al cuerpo. Lo intenté un tiempo y luego cerraba el libro y lo lanzaba lejos enfadado. Las cosas inventadas no me gustan. «No dicen ni una palabra que sea verdad en nada de lo que escriben -solía pensar-, y el tipo que escribió esto trata de engañar al público.» De modo que volvía contra lo que estaba luchando. El póquer, me gusta jugar pero siempre parece que lleva a lo mismo. Me gusta ir a la ciudad y ver una película o ir a un espectáculo de variedades, pero sólo muy de vez en cuando, no todo el tiempo como hace alguna gente. Mirar a las estrellas de la pantalla no cierra las puertas al cuerpo, ni creo que lo pretenda. He visto a jóvenes que jugueteaban consigo mismos en el cine, y no les echo la culpa. No hay nada que haga que un tipo se ponga más cachondo que estar a oscuras y mirar a una de esas guapas actrices andando por allí con unas bragas de encaje o una bata de fantasía. La industria de la pantalla la dirigen judíos salidos y por eso hacen todas esas películas cachondas. Uno sale y no hay ni un centímetro del alma que no haya quedado inundado por los deseos del cuerpo.
Bien, pues todavía estaba en la cocina mientras la noche pasaba lentamente, pero tenía la sensación de que iba a pasar algo antes de que terminara la noche; y no estaba equivocado.
Debía de ser hacia las doce y media cuando de repente se inició un gran alboroto. Le oí toser a él y luego a ella que corría y me llamaba a gritos desde el descansillo.
Me limité a estirarme en la silla y esperé a ver lo que pasaba.
Al cabo de un rato ella baja a la cocina para llenar la jarra de agua.
«¿No oíste que te llamaba, Chicken?», dice.
Seguí allí sentado mirándola. El modo en que iba vestida sólo con su ropa interior de seda me hizo pensar en una cosa que había escrita en una pared de la estación de autobuses de Memphis. «Las chicas claro que llevan bragas francesas pequeñas muy bonitas», y el que lo escribió debía de estar pensando en alguien como Mirta.
Llenó la jarra de agua y la dejó con fuerza encima de la mesa.
-Lot está enfermo -me dijo.
Yo no dije nada.
-Parece que está muy grave. Quise llamar a un médico pero él dijo que no, que por la mañana estaría bien.
Yo todavía no le dije nada.
-¿Qué le pasa? -me preguntó al cabo de un rato.
-Está tuberculoso -le dije.
Puso expresión de sorpresa.
-¿Está muy grave? -me preguntó.
Le conté que le habían quitado el aire de uno de los pulmones en un hospital de Memphis porque con los rayos X vieron que la enfermedad se lo había destrozado.
-¿Por qué no me lo dijo nadie? -preguntó.
Se quedó allí y gimoteó un poco y yo no dije nada; me limité a seguir mirándola.
-Lo he pasado mal -me dijo-. No comprendes lo que les pasa a las mujeres como yo. Trabajaba en una tienda de ropa de Biloxi.
-¿Qué piensas contarme? -dije yo-. ¿La historia de tu vida?
-No -dijo ella-. Sólo quería contarte una cosa. Entonces yo era delgada y no me había teñido el pelo y estaba guapa de verdad. Entonces tenía quince años y no salía con chicos. Era tan decente como cualquier chica en la que se te ocurra pensar. Pero imagina lo que pasó. El encargado de la tienda no dejaba de pasar a mi lado, y todas las veces me tocaba el cuerpo. Primero el brazo, sólo me apretaba el brazo un poco, y luego los hombros y por fin las caderas. Se lo conté a mi amiga. «Cariño», dijo ella, «haz como si no te dieras cuenta, trata de ignorarlo y a lo mejor lo deja al cabo de un tiempo». Pero ella no conocía a Charlie. Me apretaba con más fuerza y me abrazaba un poco más cada vez. ¿Qué podía hacer yo? ¿Hacer como que no me daba cuenta? Se lo conté a mi amiga y ella dijo: «Cariño, llévale aparte y habla sinceramente con él. Dile que no estás acostumbrada a que te traten así». Conque es lo que hice. Fui a su despacho del fondo de la tienda. Era un sábado de verano a última hora. Le dije: «Mr. Porter, no me parece que usted esté jugando limpio». «¿Qué quieres decir?», preguntó él. «Verá», dije yo, «parece aprovecharse usted de que es mi jefe y se toma libertades conmigo que no me gustan porque me educaron para que fuera decente». Pero Charlie se limitó a sonreír. Se me acercó y me puso las manos en las caderas. «¿Es a esto a lo que te refieres?» dijo. Y luego me besó. Entonces se me había echado encima. Yo trataba de alejarme por un lado y Charlie me agarraba por otro. Cerró la puerta del despacho de una patada y me empujó contra una gran mesa de despacho extensible y me tomó por la fuerza allí mismo. Me desvirgó allí mismo, sobre aquella mesa de despacho extensible. Era un hombre de unos cuarenta años, pelirrojo. Ya sabes a qué tipo de hombres me refiero, como un toro enorme, me enamoré de él. Tengo que admitir que aquel verano hizo que me sintiera feliz, y mis recuerdos de entonces todavía son los mejores que tengo. Se dice que una siempre pierde el interés cuando pierde el virgo. A mí no me pasó. A algunas chicas al principio no les gusta, pero tengo que admitir que a mí me encantó desde el principio.
Se secó los ojos con el borde del mantel.
-¿Es ése el final de la historia? -le pregunté.
-No -dijo ella-, eso fue el comienzo del final. Se cansó de mí. Dijo que su mujer se había enterado y que me tenía que dejar. Hay chicas que le habrían montado un follón. Yo podría haberlo hecho porque en aquella época sólo tenía quince años. Pero era demasiado orgullosa, de modo que hice las maletas y me trasladé a Pensacola. Luego a Nueva Orleans. Y finalmente vine a Memphis. Hasta entonces nunca había trabajado en una casa y entonces sólo lo hice para pagar una operación que tuvieron que hacerme.
»Conocí a Lot en la calle -siguió ella-. Parecía un niño. Tan delgado y con una pinta que me dio pena. Me conmovió el modo en que se acostó conmigo, como un bebé. Parecía tan solo, y es cierto que le quise. Se durmió en mis brazos como un bebé y cuando despertó dijo que me traería a casa con él y nos casaríamos. Al principio me reí. Me parecía absurdo. Pero luego pensé: «Bueno, como dijo aquél, hay muchas más cosas en esto, en esto del sexo, que un par de personas dando saltos arriba y abajo una encajada dentro de la otra». Conque dije que sí, y nos marchamos a la mañana siguiente.
»¿Y ahora qué puedo hacer? -preguntó.
-¿Hacer sobre qué? -pregunté yo.
-Contigo -dijo ella-. En cuanto te eché los ojos encima, a la primera mirada, me fijé en ese cuerpo poderoso que tienes, y me dije: «Vaya, vaya, lo tienes a punto, Mirta». De modo que ¿qué puedo hacer?
-Bien -dije yo-, cuando alguien tiene a punto a otra persona lo mejor que puede hacer es añadirle mucha salsa.
Agarré la lámpara de la mesa y empecé a subir la escalera. Ella me seguía. Se detuvo ante la puerta de la habitación de Lot, pero yo continué adelante. Sabía que ella me seguiría. Llegué a la guardilla, dejé caer la ropa al suelo junto al camastro, me instalé en él y esperé a que viniera como yo sabía que haría. No creo que en toda mi vida haya deseado nada tanto como deseé que aquella mujer viniera a la cama conmigo. Claro, estaba muy cachondo y loco por descargar la pistola, pero no era sólo eso. En parte era el hecho de que ella estaba casada con Lot y él era el hijo legítimo y yo sólo era un mestizo al que la gente acusaba de tener algo de sangre negra. Todo eso mezclado. Pero, por lo que fuera, yo jamás había deseado nada tanto como que aquella mujer subiera y se acostara conmigo. No pasaron cinco minutos antes de que oyera sus pasos en la escalera que subía a la guardilla. Y entonces me di cuenta de que había estado rezando. Había estado allí pidiéndole a Dios que hiciera subir a aquella mujer. ¿Qué se sigue de eso? ¿Por qué Dios iba a atender una petición como ésa? ¿Qué tipo de Dios prestaría atención a una petición como esa que procede de alguien como yo, que había vendido el alma al diablo, cuando miles de oraciones de gente buena, como las oraciones para que alguien enfermo se ponga bien, o las oraciones por los que sufren y agonizan, no se atienden, no más que el cri cri de los muchísimos grillos del campo por el verano? Eso sólo demuestra qué poco sentido tiene todo esto de la religión y todo lo que se dice de la salvación. Un idiota es tan importante como otro en este mundo y todos son bastante grandes.
Pero esto se aparta de la cuestión. La cuestión es que la mujer de Lot subía a la cama conmigo. Y cuando la oía llegar, la tenía tan tiesa que podría colgar un sombrero de ella. Separé las piernas y ella vino hacia mí y se agachó al lado del camastro y me la acarició y me la besó como si fuera algo sagrado. Soltó unas risitas, canturreó y continuó con algo bastante llamativo. Yo me limitaba a estar tumbado, mirar el cielo y disfrutar de aquello. Finalmente se contoneó y subió al camastro a mi lado. Yo notaba su cuerpo. Tan grande y caliente como una montaña que tuviera un horno dentro. Me moría de ganas por entrar en aquella maravillosa montaña. Le arranqué las bragas. Ella levantó del camastro la parte de abajo del cuerpo. Entonces me puse encima. Ella metió el glande dentro. Di un empujón y ella soltó: «Dios del cielo». Yo me eché hacia atrás y le di otro toque y ella dijo: «Oh, Dios te salve, María». Rezaba, o al menos es a lo que sonaba, durante todo el tiempo que se la estuve metiendo. Y cuando me corrí, y ella lo hizo al mismo tiempo, juro que sus gritos casi hacen salir disparado el techo. «Ay, Dios te salve, María, santa madre de Dios», gritaba. Me tuve que reír. Pensé que el techo saltaría por los aires. Y Lot debió de oírla desde abajo porque justo entonces empezó a gritar nuestros nombres.
Antes incluso de bajar por la mañana, yo sabía que Lot había muerto. Y estaba seguro de ello. Encontré su cuerpo atravesado en el umbral de la puerta. Se había dejado caer de la cama y reptado por el suelo hasta llegar a la puerta del dormitorio. Había conseguido entreabrir la puerta. Tenía el cuerpo alargado a la entrada, y la sangre, que ahora estaba seca bajo un rayo amarillo del sol, había formado un riachuelo, o lo que fue un riachuelo hasta que se secó, desde los pies de la cama hasta el punto en que le descansaba la cabeza. Era como si hubiera estado tumbado un cerdo. No me sorprendía, porque durante toda la santa noche le había oído gritar: «Mirta, Mirta, Mirta». Y después gritó mi nombre sin parar: «Chicken, Chicken, Chicken». Y una o dos veces lo dijo sin energía. Pensé en bajar y hacer que dejara de soltar aquellos gritos. Pero me dije: «No, el chillar le sienta bien a sus pulmones». De modo que seguimos pasándolo bien en la guardilla. Los chillidos cesaron luego, un poco después de la salida del sol, y a continuación hubo silencio y pensé para mí mismo: «Lot ha muerto».
Llamé a Mirta y ésta también bajó. Quedamos quietos delante de la puerta y le miramos.
-Pobre pequeñín -dijo Mirta. Se echó a llorar. Pero no duró mucho tiempo.
-Es lo mejor que podía pasar -le dije, y al cabo de un rato ella dijo que sí, que también suponía eso.
Pasamos juntos aquel invierno. Creo que ella ya se había hecho a la idea, pero lo dudó un tiempo, haciendo como si no pudiera decidir si quería volver a la casa de marras de Memphis o quedarse aquí. Hice como si no me importara demasiado lo que hiciera, conque ella cedió y dijo: «Sí, me quedaré».
Nos pusimos a vivir juntos el uno de diciembre. Tenemos nuestros problemas pero nos va bastante bien, tan bien como a la mayoría de las parejas jóvenes de la zona. Esperamos un bebé para finales de verano. Si es chico lo llamaremos Lot, en recuerdo de mi hermano, y si es chica supongo que la llamaremos Lottie.
Y ahora parece como si en mi vida todo se hubiera enderezado. Ya nunca me preocupa lo de las puertas del espíritu que el predicador decía que había que mantener cerradas. Al no haber puertas, me ahorro un montón de problemas. Y después de todo, ¿qué sabe nadie sobre el reino de los cielos? Estoy en la tierra y ahora soy sincero respecto a ella y no pretendo ser más de lo que soy: una criatura llena de deseos decidida a satisfacerlos, y que probablemente no conseguirá todo lo que le corresponda.

FIN

The Kingdom of Herat (1954)