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jueves, 15 de junio de 2017

LAS FALSAS SIRENAS DE DISNEYLANDIA José Luis Najenson



No ES LO MISMO conocer Disneylandia siendo un niño pequeño, que ya un hombre. Ambas edades descubren secretos diferentes, no siempre bien ocultos, de la portentosa villa mecánica. El adulto que persigue su propia infancia ignorada, o la halla, o se topará con la sonrisa artificial de máquinas y hombres, y una sexualidad solapada entre los ídolos semovientes y sus servidores. El niño, tal vez verá una sirena auténtica, entre las falsas sirenas de Anaheim. La ventaja de haber entrado al Templo a una edad intermedia me hizo, quizá, dueño de los dos secretos y uno más que no revelaré; para que se lo encuentre, o al menos se lo busque, en la lectura misma.

Llevar una feria a Anaheim podría parecer extravagante; algo así como vender heladeras entre los esquimales o estufas en Maracaibo. Porque, como es archisabido, allí se encuentra la portentosa Disneylandia, esencia y símbolo de la habilidad americana, meca del artificio y de la diversión mecánica.
Pero aquella no era una feria común. Ambulante sobre rieles, por contraposición a su gigantesca, sedentaria hermana -o, mejor, hermanastra- y, también a diferencia de ésta, cabalmente misteriosa: portadora de algunos fenómenos naturales, humanos y de otra índole (el hombre más flaco del mundo, la mujer más gorda, el enano más diminuto, corderos de dos cabezas, huevos de basilisco, etc.).
Como al fin y al cabo, Anaheim es un pueblo pequeño, terminó por aceptarla. Sobre todo después de conocer a su «gran atracción»: una sirena rediviva y exhausta, presa en su vagón-acuario, totalmente desnuda, albina y mansa. Por lo demás, Anaheim posee una pequeña terminal de trenes, lo que la hacía pasible de elección por parte de la feria que sólo podía trasladarse, debido a su medio de transporte, a través de la red ferroviaria: esa telaraña de acero no exenta de misterios.
El sabelotodo local, O'Connell, un ingeniero oriundo de Boston y salido de las impecables aulas de M.I.T., fue el principal promotor de su éxito. Sin proponérselo siquiera y por mera tozudez céltica o profesional, desafió a la sirena con preguntas y razones. «Vuelva mañana», le respondía invariablemente ella, intentando convencerlo, cada vez, de su flagrante realidad. Los moradores de la villa, todos ganapanes en el cercano engendro de Disney -e incluso algunos turistas aburridos (los renegados de Anaheim)- acudieron noche tras noche al predio de la estación de tren, donde estaba instalada la feria, a presenciar la contienda entre la sirena y su negador.
O'Connell, quien era director de la computadora central, sita en el sótano del Castillo de Cenicienta, tenía a su cargo los millares de grotescos artilugios que imitaban a la vida, apareciendo y ocultándose tras el guiñol de sus pantallas (hipopótamos de caucho, tigres de madera balsa, indios de utilería, cataratas de compromiso, peligros de abracadabra). Él no creía en otra sirena, aparte de la mediocre reproducción que acechaba en las aguas muertas del laguillo artificial, cuando la simulada inmersión del «submarino» tenía lugar. Como la gran mayoría de sus clientes temporarios, venía dispuesto a dejarse engañar, por un instante, pero conociendo las reglas del juego e, inconscientemente, la simpleza del «secreto técnico» de sus criaturas.
La sirena foránea, en cambio, dislocaba su orden, el ensemble de un mundo inteligible sometido a distancia, y sin sorpresas que no hubiesen podido ser previstas. La sirena exaltó su deseo e imaginación como hasta ahora no lo había hecho ninguna mujer -o máquina- en Anaheim. Era ejemplarmente pálida, como todos los albinos, incluido el vello púbico, que ostentaba sin vergüenza alguna y que constituía Izpiéce de forcé en su rudimentaria propaganda voceada por los promotores de la feria. Su melena, más bien lacia y quebradiza, llegaba hasta el borde de la zona aeróbica, es decir, la curva de sus partes pudendas, donde comenzaba la presunta sección marina de su cuerpo. Esta última, una dúctil cola escamada de color oro viejo con filigranas de plata, latía desmesurada por la distorsión del agua. Los senos, modestos pero erectos nunca llegaban a ser cubiertos por esos cabellos desleídos, permanentemente húmedos.
A pesar de la nitidez del límite entre ambas partes -similar al que dibujaría una malla de baño transparente- no daba la impresión de burda superchería. Un «no sé qué» indefinible le otorgaba verosimilitud, y en ello residía su atractivo, tanto escénico como sexual. No obstante, aunque parca, reía y hablaba como cualquier mujer de este mundo, con el impreciso acento de los actores errantes. Además, el hecho de estar montado sobre un vagón, añadía color al espectáculo; por cuanto el ferrocarril era considerado algo arcaico, un recurso del siglo XIX, como el barco a vapor, el tranvía a caballo o los vestidos largos, de cuyo elusivo encanto se había apropiado la misma Disneylandia en su doble imitación -ambas pobres- de la naturaleza y el pasado.
Este aire de velada autenticidad lo había percibido O'Connell desde el primer día, cuando no pudo decidir -para su coleto- de qué Estado o país provenía.
-Una bella voz -le dijo-, si bien no puedo detectar el origen de su pronunciación. Pareciera británico, quizás de algún rincón de Gales...
-Nunca estuve allá -respondió ella-. Nací en una isla hundida del Mar del Norte, como lo llaman ustedes.
-¡Vamos! -se mofó él-, tú eres tan sirena como yo unicornio; conozco ese truco de los espejos bajo el agua.
-Vuelva mañana y le demostraré que está equivocado. Mis amigos lo dejarán entrar gratis a la hora que quiera. Entonces podrá revisar el vagón acuario a su gusto. -O'Connell regresó la noche siguiente y escrutó meticulosamente las sencillas paredes de vidrio sin hallar nada de lo que esperaba. Era un antiguo coche dormitorio al que habían convertido en una piscina transparente, acondicionada como fondo marino: algas reptantes, madréporas incrustadas en el limo, cangrejos voraces, y los mil y un diminutos seres que pueblan el entorno acuático. Pero aquí también había algo diferente, la ausencia de caparazones vacíos y chucherías que suelen abarrotar los acuarios artificiales. En un rincón del vagón, habían conservado una cucheta con el moblaje original, un par de asientos reclinables de terciopelo rojo, espejos, una mesa estilo, un tocador de cortinas esmeriladas. El hombre revisó también esos muebles y enseres sin encontrar nada fuera de lo normal, al menos desde su punto de vista.
-Entonces -argüyó displicentemente-, sólo queda verificar la índole de su disfraz, cintura para abajo, desde luego, aunque debo reconocer que, a simple vista, está muy bien hecho.
-Vuelva mañana, se llevará un chasco.
La segunda noche, el ingeniero se cansó de tirarle la brillante cola y de buscar invisibles junturas en la línea divisoria, con minuciosidad de sastre; lo único que consiguió fue hacerle cosquillas y romper la lámpara floriforme, que pendía sobre la cucheta, en uno de sus bruscos manipuleos. También hubo de reconocer, para sus adentros, que la sirena poseía todos -pero todos- los atributos de una mujer, exceptuando las rodillas y adyacencias.
Ella le dejó hacer, algo risueña y halagada por sus esfuerzos, sin importarle el estupor de los espectadores, sus burlas, ni el escándalo previsible entre las comadres de la Sociedad de Beneficencia de Anaheim. O, tal vez, provocándolos, para atraer más gente a la feria.
-Debo admitir que es un artefacto perfecto -resumió él al final de su infructuosa búsqueda-, pero aún no estoy convencido. He visto reproducciones de plástico que igualan o superan a la tuya. Déjame probar otros caminos, por ejemplo, una competencia en la pileta del Club. Sino en la forma, el truco estaría en la función; eso indica la lógica y es imbatible.
-Ven mañana a buscarme -contestó ella- pero habrás de llevarme alzada, tú mismo, y dejar que mi gente recoja su óbolo.
El tuteo súbito -aunque era una respuesta al suyo- y la primera demanda, sumieron a O'Connell en una inesperada euforia, no exenta de cierto temor.
La tercera noche, los atónitos asistentes al Club Social (al menos un tercio de la población) vieron como la sirena derrotaba a los más veloces nadadores de Anaheim, sin ningún esfuerzo. Su estilo, diferente a todos los conocidos, tampoco podía definirse por combinación, ya que los suaves y rápidos coletazos que imponía su extremo pisciforme eran inimitables, así como el gentil vaivén de sus brazos que apenas rozaban la superficie del agua.
Mientras O'Connell la llevaba alzada, estrujándole intencionalmente los pezones para comprobar su consistencia, ella introdujo disimuladamente una mano bajo el cinturón del hombre, haciéndole trastabillar de agonía física. Al retirarla, él vio despavorido algo que no había notado antes: una tenue membrana interdigital que se plegaba de manera casi imperceptible.
Cuando la traía de vuelta al vagón-dormitorio, en la musgosa y ardiente madrugada de Anaheim, cuyo detestable clima es apenas un aspecto del masoquismo de Disneylandia, le insinuó lo último -y único- que podría, de una vez por todas, disipar sus dudas.
-Ven mañana a la noche -reiteró ella- y haré lo que tu quieras.
La cuarta noche de sus encuentros, el ingeniero reconoció públicamente que era incapaz de resolver el misterio, obsequiándole una flor de ceibo, de paño rojo, copiada de algún afiche de Buenos Aires, en la creencia de que se trataba de flores mexicanas para un patio de imitación en «The Adventure Land». Después la alzó a cuestas, en un simulacro de rapto y llevándosela por los vericuetos de Disneylandia, desierta a esa hora indecisa que precede al alba. Le hizo el amor repetidas veces entre las colosales artimañas de acero y vidrio, mostrándole todas las trampas, subterfugios y razones de su reino. La poseyó de pie en la «Casa de Robin-son Crusoe», bajo el chillido interminable de los loros a cuerda; en cuclillas, tras un esqueleto rampante del tren fantasma; ahogada y furiosamente, en el vertiginoso cohete de «Tomorrow Land»... Para descubrir que, en verdad, la sirena era distinta; pero la diferencia se debía, tal vez, a que estaba enamorándose. Tanto, que ni siquiera prestó atención cuando, sigilosamente, ella le enseñó sus branquias, semiocultas en la curva airosa del cuello.
Al otro día, quizás por soñar con la noche, O'Connell se equivocó en cuanto hizo. Trastornó a la computadora matriz, paralizando completamente a Disneylandia; lo abandonó todo y corrió hacia la feria sobre rieles, solo para enterarse de que ya había partido, con los bártulos metidos de prisa en sus vagones chirriantes.
Desde entonces, el ingeniero vaga por el mundo, buscándola infructuosamente en las ferias y circos de la legua, por todas las estaciones del ferrocarril, hasta el punto en que ha olvidado su nombre y admitido el mote que los niños le han puesto: «el loco de la sirena de los trenes».

FIN