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domingo, 7 de mayo de 2017

VISIONES FUGACES Robert f. Young



La gente piensa que estoy loco.
La razón es que sigo contando mi historia una y otra vez. Cuando termino de contarla recibo miradas de incredulidad o de misericordia, y, en ocasiones, la recompensa son estentóreas carcajadas. Pero yo siento que es mi obligación relatar esa historia, para informar al mundo de que la realidad en la que creemos vivir es una mentira cósmica.
Pero la gente escucha lo que yo digo. No creen en mis palabras, pero me escuchan. Me escuchan porque parte del relato forma parte de la historia, porque soy el astronauta que viajó en la nave espacial Zeus a la Estrella de Van Maanen; el que trajo la nave de regreso a la Tierra después de que sus compañeros astronautas, Scott y Marchen, resultaran muertos.
Sí, escuchan, y creen esa parte del relato; pero no creen que la nave espacial excediera la velocidad de la luz, proporcionándome, antes de que la computadora de a bordo se autocorrigiera y volviera a colocar a la nave nuevamente bajo C, una visión fugaz del rostro desnudo de la verdadera realidad. Y no me creen cuando les digo lo que vi.
Es el anciano navegante, y fue el único que regresó de los tres que iban en la nave. «Hubo una nave», dice.
El anciano navegante soy yo.
Pero, en realidad, no soy un anciano. Es verdad que me han retirado del Servicio Espacial, pero no fue a causa de la edad; fue porque en la Tierra transcurrió mucho más tiempo que el que yo pasé durante el vuelo de la Zeus. Los verdaderos años que pasaron hicieron que la duración de mi servicio llegara al punto en que debía retirarme, pero aun cuando ello no hubiese sucedido, me habrían retirado de todos modos debido a las heridas que recibí cuando el meteorito golpeó la computadora y mató a Scott y Marchen. La herida fue en la cadera y, a pesar de la cirugía correctora, aún cojeo levemente al caminar, porque mi pierna derecha es más corta que la izquierda.
Digo los «verdaderos años». Pero los muchos años transcurridos en la Tierra no fueron más reales que los pocos que pasaron para mí a bordo de la Zeus. Ambos son productos de C. Básicamente, no existe un tiempo real o verdadero, y puesto que tiempo y espacio son indivisibles, tampoco puede haber un espacio real o verdadero.
No hay duda de que existe mucha gente a quien he contado mi historia o que la han oído por otros, que sostiene que la verdadera razón de mi retiro del Servicio Espacial está relacionada con mi mente más que con mi cadera. Tal vez tengan razón. Sin embargo, aunque es posible que una persona esté loca y no lo sepa, yo estoy seguro de estar cuerdo.
Estoy saliendo con una chica en el pequeño pueblo donde vivo. Su nombre es Barbara Black y es una chica negra. La gente piensa que eso también es extraño, aunque nunca lo dicen, al menos no cuando estoy presente. Podría pensarse que, en esta época, el racismo se ha esfumado incluso de las mentes de personas que viven en los pueblos pequeños. Pero no es así. Mis padres están furiosos. Tienen un hijo único que cuenta historias fantásticas en los bares y, como si eso no fuera suficiente, mantiene relaciones con una chica negra. Puedo entender su actitud, porque pertenecen a una generación muy anterior a la mía. En realidad, son mucho más como mi abuelo y mi abuela que como mis padres. Pero lo que no alcanzo a comprender es la actitud de la gente joven del pueblo. Es como si el encallecido odio de sus antepasados les hubiese sido transmitido a través de los genes.
A Barbara no parecen importarle las indignadas miradas que lanzan en nuestra dirección. Ella parece moverse por encima de los senderos que transitan los mortales. A veces pienso que ella también es una extraña como lo soy yo. Antes de conocerla personalmente la veía caminar por la calle y sus ojos siempre se encontraban con los míos. Una vez la descubrí mirándome desde la ventana de la habitación que ocupa en el hotel. La veía a menudo en los bares y cafeterías del pueblo, en el fondo, sentada sola en una mesa. Nos conocimos una noche de una forma completamente casual. Yo acababa de contar mi historia en una cafetería y salía por la puerta en el preciso momento en que ella entraba. No chocamos el uno contra el otro sino que nos acercamos lo suficiente como para iniciar una conversación y, poco después, caminábamos por la calle debajo de las estrellas. Barbara y yo.
Nunca le he contado mi historia, pero estoy seguro de que la conoce por otras personas.
Tampoco le he hablado nunca de mis visiones. Las he estado teniendo desde que regresé a la Tierra.
Me he comprado un Mercedes Benz. ¿Por qué no? Puedo permitírmelo. Pero mis padres piensan que es terrible que gaste tanto dinero cuando estoy sin trabajo. Padecen de ética protestante. Piensan que es pecaminoso que vaya por ahí contando mentiras y que no haga nada, aun cuando sea relativamente rico. Según su filosofía de la vida un hombre debe trabajar, trabajar, trabajar.
Es verano, y Barbara y yo damos largos paseos por el campo. A veces dejo que coja el volante. El coche es de color rojo brillante y hace que ella parezca más negra de lo que es. Más negra, pero no más hermosa, pues ya lo es plenamente. Es un buen coche, pero dudo de que tenga la potencia de los antiguos Mercedes Benz, y probablemente tampoco funciona tan bien. Pero sólo soy un chico pobre que se ha hecho rico, y no echo de menos un poco de huevo sobre mi pastel.
Cuando estoy con Barbara, nunca tengo visiones. Y nunca cuento mi historia en los bares en los que solemos detenernos. Pero, por la forma en que la gente la mira, ella puede deducir fácilmente que creen que soy un chiflado.
Le conté la historia a los interrogadores cuando traje la nave de regreso a la Tierra. Ellos me escucharon educadamente y me hicieron muchas preguntas. Y grabaron todo lo que dije. Luego hicieron que le contara la historia a uno de los psiquiatras que emplea el Servicio Espacial. Por las preguntas que me hizo deduje que estaba tratando de probar que padecía esquizofrenia paranoide. Los psiquiatras siempre buscan eso. Creo que les gusta dejar caer el término porque suena erudito y misterioso. No creo que ni ellos sepan qué significa exactamente ese término.
Me pidió una y otra vez que describiera la habitación con dos ventanas en la que me encontré después de que la Zeus superara C. Yo no podía describirla con claridad, porque sus paredes, el cielo raso y el suelo eran poco más que capas oscuras. Yo podía ver a través de esas capas y parecían no acabarse nunca.
El psiquiatra insistía en preguntarme sobre el escritorio ante el que me había encontrado sentado.
-¿Qué clase de escritorio era, capitán Royce?
-Sólo era un escritorio.
-¿Era de madera o de metal?
-No lo sé.
-¿Y usted estaba sentado delante de él, presumiblemente en una silla, mirando a... al pisapapeles y la nave espacial que estaba posada sobre su superficie?
-Sí.
-¿Y esa nave espacial era una miniatura exacta de la Zeus?
-Hasta el más mínimo detalle.
-¿Qué cree que era el pisapapeles?
-Le he dicho hasta el cansancio que, en aquel momento, no pensé en nada. Pero luego llegué a la conclusión de que era el universo.
-¿Era como uno de esos pisapapeles de cristal transparente que, al agitarlos, producen una especie de nevada?
-Sí, de esa clase.
-¿Podía ver estrellas en su interior? ¿Galaxias? ¿Quasars?
-Sólo podía ver una inmensa oscuridad.
-¿Por qué no lo cogió para agitarlo? Tal vez hubiera podido ver estrellas si lo hacía.
-No se me ocurrió.
-Está bien, capitán Royce, pasemos a las ventanas. Tomemos esa por la que miró primero, la que estaba a su izquierda, creo recordar que me ha dicho. Cuénteme otra vez qué fue lo que creyó ver.
-Vi una montaña. Pero no era en realidad una montaña. Era Marchen.
-¿Quiere decir que Marchen era tan grande que parecía una montaña?
-Sí. Estaba sentado en una planicie gris, con las rodillas apoyadas contra el pecho y los brazos en torno a ellas, como si estuviera en posición fetal.
-¿Y la otra ventana... qué vio a través de ella?
-Otra planicie gris, tal vez fuese la misma, y a Scott en ella. Como si fuese una colina gigantesca. En esa posición encontré a los dos hombres, más tarde, en la cabina de la nave, después de que la Zeus volviera a menos C.
-Cuando el meteorito penetró a través del casco de la nave y el aire de la cabina fue succionado hacia el espacio, usted se encontraba en el módulo de mando, ¿verdad?
-Sí. Marchen y Scott estaban descansando. El meteorito no sólo penetró a través del casco de la nave; también perturbó el enlace de interconexión y afectó los relés de la computadora de a bordo, haciendo que la Zeus aumentara su velocidad más allá de C. Antes del impacto, habíamos estado viajando por debajo de C.
-Capitán Royce, usted es un astronauta y, como astronauta, debe poseer los suficientes conocimientos científicos como para saber que si una nave espacial excede o incluso iguala la velocidad de la luz, ella y todo lo que lleva a bordo se transformará en energía. La Zeus no puede haber superado la velocidad de la luz, excediendo el punto C. Si lo hubiera hecho, usted no estaría aquí contándome estas cosas.
-Sin embargo, superó el punto C, y yo estoy aquí.
-Gracias, capitán. Eso es todo por ahora. ¿Por qué no descansa un tiempo? Tiene todo el aspecto de necesitarlo.
No le hablé al psiquiatra de las visiones que había estado teniendo desde que regresara a la Tierra. Y tampoco le hablo de ellas cuando le visito todos los meses, obedeciendo órdenes del Servicio Espacial. Estoy seguro de que a él le encantaría encerrarme, pero no tiene suficientes razones para ello. ¿Por qué debería ayudarle a hacerlo?
Mi relación con Barbara es platónica. Yo no deseo que sea de ese modo; estoy enamorado de ella y Barbara, creo, también está enamorada de mí. Pero nuestro amor parece alejar la pasión. Ella ni siquiera me invita a su habitación del hotel. Siempre es sólo un beso y buenas noches cuando la acompaño a casa. Es imposible mirarla y no desearla. Es alta y el pelo negro le cae sobre los hombros. Cuando viajamos en el coche, el viento suele formar remolinos en él. Barbara lleva vestidos de verano que resaltan la belleza de sus piernas y la suave redondez de sus caderas. Cuando camina, es como una princesa. A veces siento la tentación de preguntarle si ha rastreado su árbol genealógico. Si lo ha hecho, estoy seguro de que desciende de un rey africano. Y, en otros momentos, no estoy tan seguro. Tiene una extraña cualidad universal, como si no perteneciera a ninguna raza, como si no fuese parte de la humanidad.
Ignoro de dónde procede, nunca me lo ha dicho, y yo nunca se lo he preguntado. Ella es una extraña en el pueblo, tanto como lo era yo cuando regresé por primera vez. Y aún lo soy, ya que mis antiguos amigos han envejecido y mi conducta les ha alejado de mí. Soy mucho más joven que todos ellos, pero ante sus ojos solamente soy un anciano astronauta, trastornado por sus viajes a través de las estrellas. Un extraño. Y Barbara es una extraña a mi lado.
Mis visiones de la realidad no-C se producen cada vez con mayor frecuencia. Estas visiones difieren enormemente de las que tuve más allá en C. La otra noche tuve una cuando conducía hacia casa después de haber dejado a Barbara en su hotel. Como sus predecesoras, era la visión de un torbellino. Era como si la humanidad y el mundo y todas las estrellas y todo lo que sucedió alguna vez y todo lo que habrá de suceder hubiese sido metido dentro de una batidora cósmica. Podía ver hechos, rostros, paisajes, constelaciones, quasars, pulsars girando en la noche. Pude ver el rostro de mi madre, el de mi padre. Vi miles de rostros que jamás había visto en mi vida. Todo giraba entre las estrellas y batallas y ciudades y espacios primitivos en una mezcla salvaje.
Supongo que tales visiones no debieran sorprenderme. No parece lógico que el universo tenga más sentido cuando se lo ve desde dentro que cuando se lo ve desde fuera; que si yo pude sentarme a un escritorio, si realmente hubo un escritorio al que yo me senté, y ver el cosmos en forma de un pisapapeles, el interior de ese pisapapeles siguiera los dictados de la ciencia.
Una de las preguntas favoritas de mi psiquiatra cuando yo menciono el pisapapeles, es: «¿Creyó usted que era Dios?» Me tendría cogido en el mismo momento en que yo le respondiera que sí. Los esquizofrénicos siempre se creen Dios o, al menos, que están sentados a su derecha. Pero yo simplemente digo la verdad: que mi momento más allá de C fue demasiado fugaz como para permitirme pensar y que mis pensamientos desde entonces nunca han llegado a un punto en el cual yo me considere como algo más que un simple mortal.
Si las visiones fuesen la única herencia de mi vuelo, las cosas no serían tan complicadas. Pero esta noche, mientras permanezco en el jardín mirando hacia las estrellas, crezco hasta alcanzar la luna. Extiendo la mano completamente maravillado y toco su rostro frío e inmóvil. Luego la ilusión se desvanece -si efectivamente ha sido una ilusión- y estoy nuevamente en la Tierra, un diminuto terráqueo que mira hacia las estrellas.
Mi dilema me ha llevado hasta Kant. Pensé que él podía ayudarme. Él alcanzó la verdad, ese pequeño anciano de Konigsberg. Pero él la atribuyó a un efecto equivocado. No son nuestras percepciones a priori las que imponen el espacio y el tiempo. Es la velocidad de la luz: C ha construido esta maravillosa prisión en la que vive la humanidad, ha dado sentido a la cosa-en-sí. Ha hecho real a la realidad de una forma aceptable. Impide que el hombre sea un pobre pordiosero que gira con las cosas en el espacio infinito. Ha creado el espacio y le ha inyectado el alma del tiempo.
Tal vez debiera añadir mi insight al relato que desgrano en bares y cafeterías. Tal vez debiera dar el último paso y decir sin tapujos que el espacio no es real. Tal vez debiera decírselo a mi psiquiatra. Pero ya he sugerido bastantes cosas al respecto, y si lo afirmara directamente, invitaría a la mofa en primera instancia y, en segunda, a la reclusión.
Tal vez debiera contarle la verdad a Barbara tal como me ha sido revelada. Tal vez lo haga. Pero antes debo contarle mi historia y hablarle de mis visiones a través de la cortina de C.
He vuelto a ascender hasta la luna y he tocado su rostro inmóvil y frío. Un día, de ello no hay duda, llegaré hasta las estrellas y mis dedos se quemarán en alguna protuberancia.
A veces, cuando miro a Barbara a los ojos, siento que ella no es real. Sus ojos son infinitamente profundos y, en ocasiones, pienso que veo estrellas en ellos. Diminutas estrellas muy, muy lejos. Y, a veces, ella se vuelve borrosa ante mi mirada y su negrura se funde con la noche. En esos momentos, extiendo la mano y toco su rostro y su suavidad me devuelve la seguridad y la confianza. Barbara es todo lo que tengo. Ella me acepta; no le importa que la gente crea que estoy loco. Con ella a mi lado siento que puedo soportar ese revoltijo que es la realidad, tal como me la han revelado mis visiones.
-Barbara, Barbara, debo contarte mi historia. Debo hablarte de mis visiones. Escucha, Barbara, y por favor no te rías de mí.
Ella me escucha en medio de la noche. He aparcado el Mercedes junto a un bosque en las afueras del pueblo. Ella me escucha en medio de la oscuridad y los rayos de luna y la luz de las estrellas palidecen ante su rostro, sus ojos profundos y oscuros que me miran. Le hablo del torbellino en el que se ha convertido la realidad ante mis ojos. Le hablo de lo que vi más allá de C; del montañoso Marchen y de la colina gigantesca que era Scott, muertos sobre la planicie de ninguna parte; del universo-pisapapeles que encontré en la punta de mis dedos; de la Zeus en miniatura. Le cuento cómo he crecido hasta alcanzar la luna y tocar su rostro frío. Le hablo de Kant y de cómo estuvo a punto de alcanzar la verdad. Y, finalmente, le digo que ya no creo que el espacio sea real.
Cuando acabo mi historia, ella me toca la mano.
-Tenía que esperar a que me lo contaras, aunque ya conocía la historia. De otro modo, no hubiera sido justo.
Siento sus dedos serenos en mi mente. Puedo sentir sus palpitaciones terapéuticas.
-Tus percepciones deben ser remediadas. Te han convertido en una espina clavada en mi costado.
-¿Quién eres? -susurro.
-Debes saber quién soy.
-No. No lo sé.
-«Soy negra pero bonita.» ¿No estás de acuerdo?
-«Contemplo tu maravilloso arte, mi amor; contemplo tu maravilloso arte.»
-¿Preferirías un torbellino? ¿O, tal vez, caminando por la mañana, ver la suave luz del nuevo día entrando en tu habitación? ¿Y caminando calle abajo ver los árboles erguidos y altos, y el cielo azul allá, muy por encima de ellos? Y después, en un tiempo aparente, ¿no preferirías mirar hacia el cielo y ver una luna que no puedes tocar? ¿Acaso no es mucho, mucho mejor que las estrellas estén en sus posiciones correctas? Lo que parece ser es, pero para que ello sea así, uno debe mirar a través de un cristal, oscuramente.
Sus palabras parecen llegar desde muy lejos. Es como si me hubiera abandonado. Y, sin embargo, hay una muchacha negra sentada a mi lado. La muchacha negra que me miraba cuando me veía paseando por la calle; la misma que me miraba desde la ventana de la habitación del hotel. La que casi choca conmigo una noche en el bar, después de que yo acabara de contar mi historia. La que caminó conmigo debajo de las estrellas. Sí, sentada a mi lado. Barbara Black.
Sí. Barbara Black. He estado en el espacio y he regresado y la he encontrado. En el espacio fui herido por un meteorito que mató a Marchen y a Scott. Tuve un sueño grotesco que pensé que era real y, después de mi regreso, conté ese sueño una y otra vez en bares y cafeterías. Y continué imaginando que podía percibir la cosa-en-sí.
La noche es cálida a mi alrededor. El cielo está tachonado de estrellas. ¡Maravillosas estrellas! Y allí, muy alto, está esa «dama circular cargada de fuego blanco a la que los mortales llaman luna».
Miro a Barbara a los ojos y vuelvo a ver las estrellas. La beso y sus labios están inmóviles y fríos. Inmóviles y fríos, como la luna. Tengo el vago recuerdo de tocar la luna. Se desvanece antes de que acabe el beso.
-Mañana -dice ella-, me marcharé.
-No te vayas... por favor. O, si lo haces, llévame contigo.
-No puedo.
La beso nuevamente y sus labios están más fríos que antes. De alguna manera, ella ya se ha marchado. Después, la llevo de regreso a su hotel.
-Buenas noches -me dice cuando baja del coche. Pero, en realidad, lo que quiere decir es adiós.
He conseguido un trabajo en este pequeño pueblo en donde vivo. Lo he aceptado en parte para complacer a mis ancianos padres, pero, fundamentalmente, para llenar de algún modo los interminables días de este verano agonizante.
Barbara se ha ido.
He intentado averiguar adonde se ha marchado, pero no se lo dijo a nadie, y en el hotel no dejó ninguna dirección. Ninguno de los conductores de autobuses con los que he hablado recuerda a la bella muchacha negra, alta y esbelta como una reina. He hecho averiguaciones en las líneas aéreas en una ciudad cercana. No hay ningún indicio de que ella hiciera reservas de billete para ninguna parte, y nadie recuerda haberla visto.
Estoy completamente solo.
-Esa habitación con dos ventanas en la que usted se encontró, capitán Royce. Por favor, descríbamela otra vez.
-Nunca hubo tal habitación.
-Usted me habló de una. Y me habló también de una montaña y de una colina antropomórficas que pudo ver a través de las ventanas.
-Todo estaba en mi mente.
-¿Y el pisapapeles-universo y la nave espacial en miniatura, también estaban en su mente?
-Eran parte del mismo sueño.
-Muy bien, capitán Royce. Creo que no será necesario que siga viniendo por aquí.
Por la noche, ahora que el verano se desliza hacia el otoño, salgo fuera y miro las estrellas. Tienen una nueva y extraña belleza para mí. Las estrellas y el espacio. Una noche, mientras miraba hacia esas inmensidades, tuve una visión del rostro de Barbara. Las estrellas, como si fuesen diminutos diamantes, brillaban en su largo pelo negro. Hay un pendiente estelar sujeto a cada una de sus orejas. Su rostro es negro y hermoso.
Siento que un viento cálido y suave me rodea. No viene del este o del oeste o del norte o del sur. Sus dedos rozan mis mejillas con la levedad de un beso. El rostro se desvanece, pero sé que no estoy solo.

FIN

Título original: Glimpses.

Traducción: Gerardo Di Masso.

Aparecido en: Asimov magazine nº 9. Editorial Planeta-De Agostini, 1982.

Edición digital: Sadrac.

Robert F. Young (1915 - 1985) vivió toda su vida en el Estado de Nueva York, salvo los tres años y medio que sirvió en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Su carrera de escritor fue continua durante más de treinta años, y estaba escribiendo incluso el día en que murió. Según el obituario de Locus, Young fue conserje de la escuela secundaria de Búfalo durante décadas.
Publicó aproximadamente cien historias cortas en una amplia variedad de publicaciones, incluyendo The Saturday Evening Post, pero era mejor conocido como un frecuente participante en The Magazine of Fantasy and Science Fiction dónde publicaba historias sobre gigantes.

Su última novela fue The Last Yggdrasill  (El Último Yggdrasill), publicada por Ballantine a principios de 1980; sus derechos fueron adquiridos por Disney por una cantidad considerable, pero no se hizo finalmente ninguna película. Después de su muerte, se publicó el cuento corto Electric Store, en la colección Memories of the Future.