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domingo, 8 de enero de 2017

Muere el escritor argentino Ricardo Piglia, la máquina de narrar que nos enseñó a leer la literatura


Ricardo Piglia, en una visita a Barcelona, en el año 2013. ANTONIO MORENO




Resulta extremadamente difícil definir en pocas líneas las consecuencias de una paro cardíaco que puso punto final, a media hora de ayer, hora argentina, a la vida de Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940) en la Ciudad de Buenos Aires. Difícil precisar, por la falta de perspectiva, qué se pierde con esa voz literaria única y mestiza que no se parece a nada y que venía deteriorándose irremediablemente los últimos años por el avance de una rara enfermedad (Esclerosis Lateral Amiotrófica) incurable. La misma que se llevó hace ya algunos años al entrañable dibujante y narrador de su país Roberto Fontanarrosa.
La primera impresión es que con la muerte de Piglia se pierde máquina infinita de narrar, en todas sus variantes y posibilidades, inspirada sin duda en el gran Macedonio Fernández -a quien hasta Jorge Luis Borges le rendía culto-. Aquella máquina que el mismo Piglia soñó y dio forma literaria en La ciudad ausente (1997), novela hibrida e inclasificable, como toda la obra del argentino, que años después seguiría proliferándose pro fuera de su propio relato hasta en las viñetas, transformada en cómic, del dibujante mendocino Luis Scafati.

Pero lo cierto es que no sólo las letras argentinas están de luto, sino las hispánicas en su conjunto, porque con la muerte del polifacético escritor, formado en Historia en la Universidad de la Plata en los agitados años 60 de Perón en el exilio y su movimiento político proscrito, se pierde mucho más que esa fabulosa o fantástica máquina de narrar que ideara.
Paradigma del escritor híbrido, el joven intelectual que asomó las orejas en la revista Libros reivindicando con soltura teórica la figura y la obra Roberto Arlt, el gran marginado del campus literario porteño bajo los años del reinado omnipresente de Borges, para acabar dando clases magistrales de literatura, muchos años después, en Princeton (EEUU) encarnaba como ningún otro una suerte de poliedro literario de talla monstruosa, con tantas caras o puertas de acceso como fructíferas ideas que dejó a la posteridad.
Piglia fue un gran teórico de la literatura y un implacable crítico que contaba historias. De hecho sus mejores ensayos sobre la materia son sin duda sus relatos de 'Prisión perpetua' (1988), 'Nombre falso' (1975) o aquel inaugural, publicado por la mítica editorial Jorge Álvarez en 1967, 'La invasión'. A la vez, fue un ágil narrador que colaba sistemáticamente ideas y profundas reflexiones sobre la literatura y el oficio de la escritura en sus ficciones. Imposible leer ingenuamente novelas como 'Respiración artificial' (1980) -el gran hito narrativo de la literatura argentina y una de las primeras novelas que tematizaron de manera no muy velada el horror de la dictadura argentina de Videla y compañía años antes de que la apertura democrática diera carta de ciudadanía literaria a dicho horror- o las más recientes 'Blanco nocturno' (2010) y 'El camino de Ida' (2013). Incluso hasta las más sencillas en términos de arquitectura narrativa y más cinematográfica de todas (de hecho fue llevada al cine por Marcelo Piñeyro en 2000) como la premiada Plata quemada es mucho más que un simple policial.
Y eso porque Piglia siempre llevaba más allá el relato y la reflexión literaria, en un entramado indiscernible, hacia el terreno de la autoficción. El magistral narrador y Profesor de Princeton fue por sobre todas las cosas un biógrafo de sí mismo. Y esas tres caras del poliedro, la autobiografía, la crítica y la ficción, iban indisolublemente ligadas en el rostro amable de ese gran conversador llamado Ricardo Piglia, amigo íntimo y malicioso crítico de sus pares, junto a su gran compinche el santafesino Juan José Saer.
"La crítica es la forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas ¿No es a la inversa del Quijote? El crítico es aquel que encuentra su vida en el interior de los textos que lee", dejó consignado en 'Crítica y ficción' (1986/2001), su gran obra teórica, plagada de historias y textos híbridos, como todo su corpus. Como lo son también los ensayos -o quizá habrá que decir cuentos- de 'Formas breves' (1999). Esa idea gloriosa es una de tantas que dejó desperdigada en su obra. Pero no por provocadora es menos cierta ni Piglia creyera menos en ella. Como profesor de seminarios en la Universidad de Buenos Aires, el poliedro literario solía repetir la boutade de que todos sus esfuerzos teóricos y como narrador de ficción eran una mera excusa para poder publicar algún día sus diarios, que llevaba escrupulosamente desde los 16 años. Los llamados diarios de Emilio Renzi. Y vaya si hablaba en serio y se salió con la suya. Se dio el lujo de abandonar la escena con dos volúmenes, de tres proyectados, ya publicados en Anagrama: Los años de fromación y el reciente Los años felices.
"Una escritura también produce lectores y es así como evoluciona la literatura. Los grandes textos son los que hacen cambiar el modo de leer", dejó escrito, como de pasada, en otro texto de Crítica y ficción. Y aquí tampoco bromeaba ni ejercitaba la provocación teórica, porque hace muchos años que tanto como académicos como diletantes de la literatura o lectores de a pie que leen no sólo su obra, sino buena parte de la literatura argentina, con sus ojos. Con los ojos de Ricardo Piglia. O mejor dicho, leemos cómo Ricardo Piglia nos enseñó a leer, con sus textos.