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domingo, 2 de septiembre de 2012

El verano llega a su ocaso.


Pasear, dormir la siesta, una buena paella

Los diez placeres del verano

Una mujer se relaja en una playa. | El Mundo
Una mujer se relaja en una playa. | El Mundo
"El verano es como la belleza, demasiado efímero", decía el filósofo británico Francis Bacon. Ahora, cercanos a su ocaso, hacemos un balance de los pequeños placeres que uno puede permitirse en la época estival:
1. No hacer nada. En estos tiempos de hiperactividad, parece que si uno permanece diez minutos en estado contemplativo es un mal hombre o una mala mujer, un mal padre, un mal trabajador y casi ni merece vivir. En la sociedad de la productividad elevada a la enésima potencia, si uno se queda durante unas horas echado en el sofá, se acabará sintiendo culpable e intentará darse un atracón de gimnasio, de compras y de todo tipo de gestiones para recuperar el tiempo perdido. Pero, no hacer nada, de vez en cuando, es saludable. ¿Qué hay mejor que tenderse en la hierba de un parque, tumbarse al sol en la playa o relajarse en una hamaca?
2. Desconectar. Olvide a su millón de amigos de Facebook. Deje de enviar el vigesimoctavo wasap del día. Relegue la enésima ocurrencia de Twitter. Incluso si es posible, apague el móvil (durante unas horas). ¿Es preciso estar narrando al cuñado lo rica que está la cena mientras engulle las fabes con almejas? ¿Es necesario estar conectado a sus amigos y familiares los 365 días del año? ¿No se puede escapar uno durante varios días sin tener que dar cuentas a nadie? Inténtelo. Hay vida más allá de la tecnología.
3. Leer un buen libro. En verano, hay dos tipos de lectores: los ocasionales que aprovechan este periodo para empollarse el libro de moda y los fieles, que se embarcan en lecturas más densas y difíciles. Sea de uno u otro tipo, no se conforme con los best-sellers de turno. Hay muy buena literatura que nunca llega a la mesa de novedades de las librerías, acaparadas por el imperio de los Larsson, Dueñas, o Zafón de turno. Autores como el afgano Atiq Rahimij ('Maldito sea Dostoievski'), el británico Tibor Fischer ('Quién fuera Dios) o el belga Jean-Philippe Toussaint ('La verdad sobre Marie) dejan muy alto el listón literario. O, si no, vuelva a los clásicos para no equivocarse. Novelas como la 'Bestia Humana' de Zola, 'Jezabel' de Irène Némirovsky o 'Nada' de Carmen Laforet nunca envejecen.
4. Dios salve a los chiringuitos. Aunque estuvieron amenazados por la anterior Ley de Costas, los chiringuitos deberían ser declarados Patrimonio de la Humanidad. Los hay de toda clase y condición, pero tomarse una cerveza con su tapa en un chiringuito frente al mar es uno de los grandes deleites del verano.
5. Echarse una siesta. Sí, ya sé que se puede dormir durante todo el año, pero las siestas en verano saben mejor. Ese sopor que le entra a uno después de haber regresado derrotado de la playa y haberse tomado un buen manjar es impagable. Eso sí, aunque sean placenteras, no conviene que rebasen las dos o tres horas.
6. Pasear. La RAE reza que pasear es ir andando por distracción o por ejercicio. O sea, ir andando. No ir a la carrera, de la ceca a la meca, pensando siempre en el destino y nunca en el recorrido. En verano nos podemos permitir el lujo de dar un buen paseo descalzos por la arena con la brisa de frente, saboreando las caricias de las olas. O hacer una buena ruta por la montaña, aspirando el aire puro, bebiendo de las fuentes y disfrutando del cansancio obligado que impone subir a una cima.
7. Las fiestas del pueblo. Con crisis o sin ella, las fiestas del pueblo son sagradas. Esos pasacalles, esas fiestas de la espuma, esos campeonatos de mus y esas maravillosas verbenas con el pasodoble como buque insignia... eso nadie nos lo puede arrebatar. ¡Que nos quiten lo bailao!
8. Volver a ser niño. "Un verano perfecto es aquel en el que me permito hacer todo aquello que por decoro no haría durante el resto del año", afirmaba la actriz Whoopi Goldberg. Efectivamente, durante el verano nos podemos permitir licencias que no hacemos el resto del año. Enterrarse en la arena, intentar montarse en un colchón hinchable y caerse 30 veces, practicar windsurf o rafting y estar a punto de morir en el intento, bailar Paquito el Chocolatero agarrado a un señor al que no se conoce de nada, moverse al ritmo de la canción del verano e intentar aprenderse la coreografía de turno... ¡Desmelénese! Hacer el ridículo es cosa del verano.
9. Ver atardecer. La puesta de sol es uno de los mejores espectáculos del mundo y, además, es gratuito. Con el ajetreo diario, apenas le prestamos atención, pero en vacaciones tenemos la potestad de parar el tiempo y disfrutar de ese momento mágico.
10. Y el domingo, paella. Hay quien le gusta con pollo; otros la prefieren con marisco; los demás allá se decantan por la de verduras, la auténtica valenciana; los guiris se la toman con 'ketchup', pero hay muy poca gente a la que no le guste la paella. Es nuestra comida nacional y no hay mejor momento que un domingo de verano para degustar un buen arroz.