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viernes, 31 de agosto de 2012

Nativa de Eduardo Acevedo Díaz


Nativa de Eduardo Acevedo Díaz

«Tiempos viejos

Allá por los años de 1821 a 1824, cuando la nacionalidad oriental aparecía aún incolora casi atrofiada al nacer por rudísimos golpes capaces de producir la parálisis o por lo menos la anemia que se sucede siempre a la postración y al prolongado delirio, -la libertad de la palabra escrita no alcanzaba tal vez el vuelo de una campana, y por el hecho la propaganda tenía límites circunscriptos a un círculo popiliano -estrecha, somera, recelosa, lapidaria, espantadiza como ave zancuda que se abate en una loma en donde no hay para ella alimento, y al pretender remontarse a los aires se arrastra primero azotando el suelo con la punta de las alas y prorrumpiendo en desafinadas notas. Era este un fenómeno natural. Toda resistencia había cesado desde hacía pocos meses, y la robusta sociabilidad que sangrara por cien heridas durante cerca de dos lustros para darse su autonomía propia o recuperar su equilibro primitivo, había sido asimilada por un poder mayor, a título de Estado Cisplatino. Desde luego, esta sociabilidad había sido atacada en sus fundamentos, en sus tradiciones, en sus costumbres, en su idioma, en sus propensiones nativas -sustrayéndosela a la vida solidaria de sus congéneres por la razón de la fuerza y la lógica de la conquista. Explícase así entonces, por qué la libertad del pensamiento no gozaba de más espacio que el que recorre una flecha; cuando a semejanza del ave viajera -sentada apenas la planta- no emigraba con sus intérpretes a mejores climas. Este estado de cosas se debía en mucho a la política observada por el señor de Pueyrredón y por el Dr. Tagle; quienes, adversarios decididos de don José Gervasio Artigas, hombre de gran influencia personal y política en todas las provincias del litoral uruguayo, y por lo mismo entidad poderosa, habían logrado con astuta diplomacia atraer sobre el territorio oriental una invasión, que fue portuguesa, como pudo ser de otra nacionalidad cualquiera que se hubiese prestado a la aventura, -quizás al solo objeto de quebrar por siempre la prepotencia del caudillo, y no con el de entregar al extranjero la más rica zona del antiguo virreinato. Al proceder así, el Directorio de Buenos Aires se consideraba débil e incapaz materialmente de dominar con sus elementos propios el exceso de energía de la misma revolución a quien debía su existencia, -exceso encarnado en la personalidad de Artigas, que por entonces desempeñaba una función formidable en su médium propio, por inspiración nativa, como resultado lógico de la ruptura de los vínculos coloniales, sin atingencia tal vez con el ideal de los pensadores y con estricta sujeción a los impulsos instintivos de la masa ajena a los cálculos y convenciones arbitrarias de los gobiernos-. Pero, que la ocupación del territorio oriental por un ejército portugués -compuesto de tropas escogidas que habían luchado con las de Napoleón Bonaparte en la península- no podía ser convencional, temporaria o transitoria, lo constataron bien pronto los hechos por el carácter mismo que revistió la ocupación, por los actos significativos que se sancionaron y por la actitud de resistencia activa asumida por los orientales, cerca de cinco años después de vencido Artigas; actitud que el gobierno argentino se vio en el caso de segundar vencido a su vez en el terreno de los hechos y de las ideas, borrando con el codo de la fuerza bruta lo que había hecho la mano de sus nerviosos diplomáticos. -El señor de Pueyrredón y el doctor Tagle -estadistas de circunstancias- creyeron acaso de buena fe, mirando los hombres y las cosas con el catalejo de su época, no con el lente de que en estos tiempos nos servimos hasta para observar nebulosas, -que la personalidad de Artigas resumía todo lo que ellos consideraban el mal de la época; y que, abatida esta personalidad, la parte dañada del organismo entraría en cicatrización: lo que equivalía a decir que el caudillo se asemejaba en cierto modo a un tumor en el cerebro, que una vez extirpado devolvería con el equilibrio exigible la marcha normal a sus funciones. De este error serio, que se padeció entonces, provinieron males mayores. Don José Gervasio Artigas -a quien asignóse de esa manera un poder personal dañino absoluto, al punto de considerársele como fuente generadora de desobediencias y rebeldías indomables, o como fuerza extraordinaria de acción y reacción de donde emanaban y a donde refluían todos los extravíos y rabias locales de las multitudes armadas-, no fue producto exclusivo de un molde que debía servir por el contrario de forma a múltiples entidades más o menos influyentes, como que ya estaba preparado y dispuesto en la fragua del cíclope ciego -o por lo menos de un solo ojo- que se llamó coloniaje. Aquellos gobernantes parecieron no tener en cuenta que en la incubación de nacionalidades o en la formación embrionaria de soberanías nuevas, no es el caudillo sea cual fuere su prestigio el que crea los instintos, las propensiones, la idiosincrasia y la índole genial del pueblo en cuyo medio se agita y se impone, sino que es la sociabilidad la que lo educa, lo adoba, lo eleva y lo hace carne viva de sus ideales invencibles y aun de sus brutalidades heroicas, con ayuda del clima y de las costumbres austeras; pues como lo comprueba la historia, atentamente analizada, las pasiones de la masa se condensan siempre en individualidades típicas, que son como sus válvulas de escape, o sus centros de atracción en cuyo redor giran todas las fuerzas activas para modelarse y darse una significación y un poder propios en el tiempo y en el espacio. Por eso, las personalidades típicas surgen ya dominantes y se hacen prepotentes; y por eso aun cuando no hubiese surgido Artigas, la fuerza espontánea que lo abortó habría engendrado otros de su talla por la sencilla razón de que él no era una causa sino un efecto. Eliminado Artigas de la escena, y a pesar de los desastres terribles que él no habría soportado en parte siquiera si en la vida del conjunto que le seguía no hubiesen palpitado los instintos poderosos de que fue intérprete genuino, aun cuando hubiera abusado de sus facultades de mando; -eliminado decimos, el caudillo, acosado por todas partes por el sable, el plomo, la deslealtad y la traición, dejando detrás un sangriento reguero de nueve años de batallas, teniendo por delante un último combate desigual y más allá el destierro perdurable-, persistieron no obstante las causas verdaderas del conflicto y por evolución natural y ley histórica de segregamiento y recomposición, las tendencias ingénitas de que hablamos, ya en punto de desborde fatal y necesario, comenzaron a destruir hasta en su última pieza el edificio de la colonia, organización vetusta que hasta ese momento había interesado conservar a los que dirigían la marcha de los sucesos para ofrecer un armazón apropiado y conveniente a las ideas monárquicas de que estaban poseídos y a que querían someter sin forma de plebiscito a las muchedumbres altivas. Aquel ruido pavoroso del año XX pudo ser oído hasta en los confines remotos, como el de una selva virgen devorada por el incendio; y si no podía compararse con el de la diana majestuosa de una victoria preparada por la táctica sesuda y la combinación habilísima del genio y de la experiencia, era al menos el anuncio al mundo de que un pueblo convertía en ruinas el viejo edificio de instituciones que lo habían condenado por tres siglos a la oscuridad y al silencio, para resurgir de entre ellas, reconstruyendo con el sudor de su frente y el solo esfuerzo de sus brazos, resignado al gran dolor de la resurrección por el sacrificio, y fortalecido por la esperanza sublime de las recompensas en el futuro y de la inmortalidad en la historia. -Noble y valiente muchedumbre semi-bárbara, que tuvo el coraje de oponerse a la corriente de las ideas deslumbrantes de cortes y reyes, infiltrando en los mismos organismos privilegiados que eran intérpretes cultos del pensamiento, con un robusto sentimiento de conservación propia- savia inagotable de libertad y de república. Vencido pues, el caudillo, no acabaron los caudillos -como muerto el león no se extingue la leonera. La leona era la nacionalidad embrionaria, y había sido ella demasiado fecunda para que pudiesen contarse sus fieros engendros. Aún errante con su caudillo de una a otra ribera, cuando era perseguida desde Montevideo al Ayuí sin piedad ni perdón, y desde el Catalán al Sauce entre una borrasca de sangre, había librado con suerte hasta en tierra extraña, pues, a ella debió Ramírez echar melena. Concíbese así cómo con el sentimiento irreductible de la independencia individual subsistiera el de la emancipación de pago, de distrito y de provincia, tanto más exacerbado cuanto mayor era el obstáculo opuesto a la libertad suspirada. Los «tupamaros» que habían sido pródigos de sacrificios años antes consagrando existencia e intereses a la causa suprema de la autonomía local, mantenían intacta su aspiración patriótica en medio de las graves vicisitudes de su tiempo y aguardaban pacientes el día histórico de la insurrección final que había de asegurar por siempre con su éxito la vida libre. Los acontecimientos en su trabazón lógica habían venido sucediéndose de tal manera que, bajo cierto punto de vista podría afirmarse que ellos habían dado cohesión y firmeza a la obra del patriotismo, iniciada y perseguida en la sombra no obstante todas las perfidias y debilidades de algunos prohombres que se imponían en la escena. En confirmación de estos juicios recurramos por un momento a la historia sine ira et studio -según la frase de Tácito-, encadenando los hechos que caracterizan en su doble faz social y política el periodo tormentoso a que aludimos1. El reino de Portugal, que en otras épocas de grandeza y poderío había extendido su dominio a las más apartadas regiones del mundo, era por el año 1820 una verdadera dependencia de su colonia en América en donde gobernaba don Juan VI, su rey de derecho divino, arrojado de la patria y de sus lares por la soberbia del vencedor de Austerlitz. A esta condición mísera no podía avenirse fácilmente aquel pueblo emprendedor y altivo, acostumbrado a su gobierno propio, ni consentir podía que su testa coronada administrase justicia a más de dos mil leguas, pues que el rey tenía por asiento y corte la ciudad de Río Janeiro. En medio de tales circunstancias, sintiéronse los portugueses estimulados por el movimiento militar de la Isla de León, e iniciaron uno análogo en la ciudad de Oporto, dándole por base y objetivo la necesidad de la organización de un gobierno constitucional y el regreso a Lisboa de Don Juan VI con toda su familia. Ejército y pueblo confraternizaron, y la aspiración se cumplió. Reuniéronse las Cortes, sus propósitos trascendieron al Brasil, y la simple enunciación de un régimen constitucional encontró formal acogida en la antigua colonia, dando el ejemplo las provincias septentrionales; excepción hecha de la de Pernambuco que en vez de ese régimen quería el de la libertad, y que en recompensa de tan levantado anhelo fue sometida y bañada en sangre. La provincia uruguaya adherida también por la fuerza a las de la corona, y que entre ellas aparecía como una placa de acero soldando las roturas de un oro viejo, siguió el movimiento, a iniciativa de las tropas reales y por sugestión de un coronel Antonio C. Pimentel, quien llegó a imponerse a su jefe el General don Carlos Federico Lecor, obligándolo a hacer causa solidaria con el ejército de Portugal y a presidir un consejo de militares, designados por los mismos regimientos y reparticiones anexos. En la capital del reino, el pronunciamiento se hacía más difícil por encontrarse allí el monarca, y pesar en mucho la influencia de la corte sobre el espíritu público. Pero, el hecho era fatal, de consecuencias inevitables; y, aun cuando el rey llegó a hacer caso omiso del llamado de las Cortes, que pedían su regreso, lanzando a luz su manifiesto de Febrero de 1821, en el cual anunciaba la intención de enviar como emisario ante ellas al príncipe don Pedro, quien debía consultarlas -acerca de la carta constitucional a jurarse-, el pueblo penetrado por intuición de que era la fórmula liberal la que se resistía, y obedeciendo ya con cierta vehemencia a los secretos impulsos producidos por la conciencia del poder propio, se opuso a esa determinación; y unida una fracción civil considerable a las tropas en una plaza pública, manifestáronse los deseos de que el monarca acogiese sin observación alguna y ordenase el juramento de la constitución que las cortes impusieran al reino. Juan VI tuvo que acceder a la exigencia popular, prescribiendo el juramento a su misma familia, con él a la cabeza; y, en pos de este suceso notable, viose en el caso de volver a Portugal, designando a don Pedro como regente del reino del Brasil hasta que se hiciese efectiva aquella constitución. Efectuada la vuelta a Europa del asendereado príncipe, el Brasil quedó nuevamente en una posición subalterna, tributario de la antigua metrópoli que, por una singular anomalía había llegado a ser en los últimos tiempos una dependencia de su colonia. Asaltaron entonces a ésta, que acababa de gozar de los honores metropolitanos con la presencia de su monarca, los mismos escrúpulos y susceptibilidades locales que habían influido en el pueblo portugués para convocar a Cortes y exigir el regreso de Juan VI a Lisboa; susceptibilidades y escrúpulos que, aparte de la fuerza moral que les daba el hecho de la posesión de muy ricos y vastos territorios, llegaron a adquirir mayor incremento cuando a raíz de la vuelta del rey, las cortes, en un documento dirigido a los gobiernos europeos, cometieron el error de lamentarse de las franquicias acordadas al Brasil por su soberano con perjuicio del reino de Portugal. En el espíritu público de la grande y opulenta colonia, esta manifestación imprudente produjo el efecto de relajar aún más los vínculos de obediencia y disciplina, revelándolo en el fondo, y predisponiéndolo a resistir con energía toda tendencia que importase recolonizar bajo la base de un sometimiento pasivo. Verdad es que sin esto, el quebrantamiento de los lazos coloniales estaba realizado en la voluntad del pueblo y que sólo era necesaria la forma en que se debía operar el segregamiento, tanto más lógico y fatal, cuanto que la colonia que se consideraba como parte -en el fondo y del punto de vista geográfico, demográfico y político también, en lo que se relacionaba con la vida por venir-, podía decirse que superaba al conjunto o por lo menos a la metrópoli, en la esencia de sus elementos naturales y en el poder incontestable de sus recursos económicos. Ajeno quizás a la existencia de este peligro inminente que no habría pasado desapercibido a un gobernante hábil, y tomando a lo serio con malicia o sin ella lo que el señor de Pueyrredón y su ministro el doctor Tagle le habían sugerido, al pedirle la ocupación de la provincia oriental, -don Juan VI por una real orden publicada en Montevideo en Junio de 1821, disponía que esta provincia «determinase sobre su suerte y felicidad futura, recibiendo esta prueba de la liberalidad de sus principios políticos y de la justicia de sus sentimientos, y que al efecto se mandase convocar un congreso extraordinario de diputados de los pueblos, que, como representantes de la provincia, fijasen la forma en que habían de ser gobernados, consultando el bien general; y, que los diputados fuesen nombrados libremente- sin sugestión ni violencia.» Aunque liberal en la forma como se ve, esta real orden importaba en el fondo una anexión perpetua de la provincia oriental a la corona de Portugal, Brasil y Algarbes; porque gobernándola por entonces el General Lecor, cuya espada valía indudablemente menos que su pericia en la intriga, debía suponerse que a sus arterías diplomáticas quedaba librada la elección de los representantes del pueblo, y más aún robustecía esa creencia en los espíritus sensatos la especial circunstancia de que quienes debieran de convocar el congreso eran los miembros del Cabildo, -hechuras del General Lecor. Sucedió así, en efecto. Casi todos los diputados que se eligieron con ese motivo o móvil determinante, eran hombres que habían recibido prebendas y distinciones honoríficas de parte del rey, a cuya causa por el hecho estaban obligados, considerándola los más muy por encima de las toscas propensiones y egoísmos de pago, sintetizados en las palabras de «patria» e «independencia», especie de bramidos de jaguareté con que los caudillos semi-bárbaros llenaban las soledades. El 18 de julio -día que se haría memorable cerca de dos lustros después gracias a esos caudillos-, reuniéronse en la sala capitular los miembros del congreso con una compañía de granaderos portugueses a la puerta, como custodia de honor. Esos diputados eran los que debían decidir de la suerte de la provincia; y, previo un discurso que pronunció como suyo el señor Jerónimo Bianchi y cuya paternidad se atribuía a don Nicolás Herrera, votóse la incorporación de la provincia al reino, bajo el nombre de Estado Cisplatino, siendo una de las bases del tratado que el Barón de la Laguna continuaría en el mando del país. Como era natural, este acto consumado fue objeto de plausibles demostraciones por parte de la prensa de Río Janeiro, que veía realizada por fin, por el libre consentimiento del pueblo oriental, la anexión de su rico territorio a la gran monarquía portuguesa. El mismo General Lecor se encargaba sin embargo poco después -una nota datada en Enero de 1822 dirigida al ministerio, e inserta en el Diario do Goberno de Lisboa- de dejar consignado para la historia, que «para asegurar el éxito, se sirvió del influjo que tenía sobre los empleados públicos, necesariamente dependientes del gobierno, para inclinar sus votos en favor de la reunión a la monarquía.» Como se denunciase bajo esta forma por el Barón de la Laguna, el proceder incorrecto de que él mismo se jactaba haber hecho uso para uncir a extraños destinos los de un pueblo infortunado, tan inconsulto al respecto como oprimido por un poder formidable, las cortes portuguesas se creyeron en el caso de no prestar su aquiescencia a esa conducta, por el momento; aun cuando el escrúpulo debía desaparecer casi incontinenti, pues que, sin sancionar los actos del General Lecor, y como si se tratase de bienes de sucesión vacante, tuvieron el intento de entregar el territorio oriental a la España en cambio de la insignificante plaza de Olivenza cedida a aquella por el tratado de 1801; lo que prueba que Portugal se consideraba propietario por el derecho de la fuerza de lo que Fernando VII reclamaba a título de soberano haciendo intervenir en su gestión al congreso de la Santa Alianza. Aun cuando la inicua permuta no se realizó, la prensa brasilera alzó alto su protesta, creyéndola factible, pues que ella no importaba otra cosa que un golpe a cercen a la integridad de un gran reino, que privaría al Brasil de una de sus más envidiables zonas; -lo que prueba también que la colonia portuguesa, con bríos y alientos propios de la mayor edad, tenía ya hechos sus cálculos serios sobre la transcendencia que entrañaba la conservación y plenitud de su dominio en la ribera oriental del Plata.»